EL INCENDIO Y LA LLAMA

Terminaron las triunfales corridas de la Feria de Hogueras, en Alicante. El culto al fuego que da origen y sentido a las fiestas tuvo en el ruedo su imagen táurica encarnada en dos nombres fascinantes, candentes y luminosos: José Tomás y Roca Rey. Este último es el incendio que todo lo arrasa, que todo lo consume, que todo lo depreda.

Prende por todas partes, crepita, ruge, abrasa, achicharra. Su candela se extiende por los quites, por las tandas, por el toreo cabal, por el de alarde. Nada queda a salvo de su lengua de fuego. Domina a los toros, los exprime, les pone a prueba hasta en su capacidad para coger. Le planta los muslos a su alcance, sin importarle los terrenos movedizos y hostiles donde plantea sus retos, y tira la moneda de la suerte o la muerte con el poder abrasador de su espíritu joven e insolente que viene a conquistar y no a ser admitido.

Roca Rey es un incendio aventado por una afición irresistible. Calienta y caldea desde el ruedo a la última grada de la plaza. Y a pesar de ese empuje, mantiene fría la inteligencia para hacer del fuego su utensilio. Cuando el toro lo permite, emplea sus brasas, torea a fuego lento, despacioso, con la muleta tersa y a rastrera o alienta el calor de la embestida que necesita ayuda, como le ocurrió con el torillo de Daniel Ruiz; pero cuando sale ese toro pidiendo los papeles, que lo único que deja claro es que claro no es; ese que riega incertidumbre en cada amago, en cada embroque, en cada duda de si pasa o no pasa; ese que enseña a los tendidos que la tragedia puede producirse de un momento a otro, como ocurrió con el de La Palmosilla, entonces los vientos de la casta torera desatan toda la furia del incendio que Roca prende con su sangre brava. Se lía la manta a la cabeza, traga paquete como si tal cosa y salta por encima de todas las barreras que la mansedumbre o el peligro del toro ponen a su paso. Su impacto fue un clamor y su triunfo un incendio legítimo. Y van…

Al día siguiente crepitó la llama, que es más espiritual, más íntima, más pura, aunque igual de candente: la llama que el José Tomás Prometeo le robara a los dioses del toreo hace bastantes años. Si Roca todo lo arrasa, José Tomás todo lo conmueve, lo conmociona, lo trastorna. Al conjuro de su nombre las ciudades cambian de fisonomía, las plazas se quedan pequeñas –como los hoteles y los restaurantes–, la fiesta de los toros pasa a primera plana, y el toreo, al calor y a la luz de su llama votiva, resplandece y resurge en toda su pureza.

En Alicante nos esperaba la segunda parte del concierto por naturales de Jerez. Segundo acto de esa sinfonía inacabada que La Estatua despliega cada tarde y borda con la cintura, con la muñeca, con la quietud y, sobre todo, con el sentimiento. Toreo milimétrico de ajuste, sosegado siempre, salvo excepciones limpio, desarrollado en el prodigio de un tiempo que se curva y se enrosca como la embestida del toro al plano orbital de su cintura. Toreo con vocación de eternidad y sabor a misterio. Toreo de profundidad escalofriante para alcanzar las elevadas cimas que aspiran a lo eterno.

No le importó que el noble y boyante “Cacareo” no acabara de rebosarse en la muleta. Convirtió su pierna derecha en eje insobornable y no enmendó el terreno por más que el toro repusiera. Como una golosina le puso el engaño en los hocicos imantándolo para que no perdiera rumbo y ritmo. Y el toreo se hizo música. Y la recta se transformó en curva y el natural en arco de Mezquita. Y José Tomás en la consagración del que nunca defrauda, del que con el pan cereal de su toreo alimenta al ejército de peregrinos que remontan tierras y caminos para ir en su busca. Y a cada tarde que torea, a cada salida a hombros, más brilla su llama, más se encogen las plazas y más se agranda la luz de su leyenda. Ahora, lo espera Huelva y ya comienza a sentirse el runrún de expectación entre sus calles. El incendio, la llama, continúan.

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