SE ACABÓ

Se acabó San Isidro. Del 6 de mayo al 5 de junio. De Valdefresno a Miura. De Miguel Abellán a Pérez Mota. De “Buscavísperas” a “Ojeador”. En total: 138 toros y 18 novillos estoqueados, y 24 astados rejoneados; 43 matadores de toros, 8 novilleros y 9 rejoneadores, actuantes. Cuatro puertas grandes para los matadores Roca Rey, David Mora, López Simón y Manzanares, y otras cuatro para los rejoneadores Andy Cartagena, Leonardo Hernández (dos) y Sergio Galán, debiendo haberla abierto también Diego Ventura, si no es por la incomprensible cerrazón del palco.

También cortaron oreja: Ureña y Talavante (que la obtuvieron dos tardes), Juan Bautista, Morenito de Aranda, Juan del Álamo y Alberto Aguilar, dentro del escalafón superior; Luis David Adame y Juan de Castilla, en el novilleril, y Diego Ventura y Lea Vicens, en el del rejoneo. En cuanto a la estadística de heridos, por fortuna sólo cabe registrar dos: el matador Gonzalo Caballero y el novillero Luis David Adame, quien por cierto ha sido declarado novillero triunfador del ciclo.

Al margen de premios y trofeos, y ciñéndome al toreo a pie, salen reforzados de San Isidro: José María Manzanares, que toreó de ensueño con la mano izquierda y cuajó de capote a espada un extraordinario astado de Victoriano del Río, cuya corrida fue la más completa de la feria; Andrés Roca Rey, quien, por encima de toros y de público, volvió a revelarse como una próxima gran figura del toreo; Paco Ureña, que tiene la pureza y la fragilidad en la cristalina hondura de su tauromaquia; David Mora, que supo encandilar a Madrid con su faena al que para mí ha sido el mejor toro del ciclo; Alejandro Talavante, que evidenció el buen momento que atraviesa ante los casi seiscientos kilos del jabonero sucio de Cuvillo, y López Simón, que, abriendo la puerta grande, se salvó en el último instante de lo que era hasta entonces un mal paso por la feria. Me quedo también con el temple de brisa de los naturales de Castella al toro de Adolfo, con  la raza legionaria de Rafaelillo, combinando garra y relajo ante la veleta mole del cárdeno de Adolfo Martín, y también me pareció muy meritoria, aunque el público de esa tarde pareció estar en otro sitio, la actuación de Rubén Pinar ante los “cuadris”.

Y de los novilleros, dos destacados: uno que ya no es: Álvaro Lorenzo y otro que sorprendió muy gratamente y ha dejado enormes ganas de volverlo a ver: Luis David Adame. Tres toros sobresalieron por encima del resto. Por orden de preferencia: “Malagueño”, de Alcurrucén, al que cortó las orejas David Mora; “Dalia”, de Victoriano del Río, con el que abrió la puerta grande Manzanares, y “Camarín”, de Baltasar Ibán, cuya bravura fue el soporte donde Alberto Aguilar se basó para reencontrarse con la afición de Madrid. En la cruz de la moneda, otros tres astados que por sus dificultades y mansedumbre merecen el dudoso honor de dejarnos sus nombres para un negro recuerdo: “Cazarrata”, de Saltillo, burriciego de los que ven de lejos y no de cerca, cuya aviesa pelea fue “premiada” con las banderillas negras y le hizo pasar las de Caín a su matador; “Gladiador”, remiendo de Torrealta, con el que Iván Fandiño pasó uno de los peores ratos de su carrera, y “Luvino”, otra “prenda” de Saltillo, que trajo de cabeza a torero y lidiadores. Éste se le fue vivo a los corrales a José Carlos Venegas, como a principios de feria se le había ido otro de Montealto a José Manuel Más.

En fin, un poco de todo y, seguramente, algún que otro olvido que me haga caer en la injusticia sin yo quererlo. Por supuesto, no me quiero olvidar de afear el comportamiento del sector dogmático del tendido 7 ni de un cenutrio que se ha pasado toda la feria molestándonos con su “pitito”. Por mucho que quieran taparlo sus almuédanos, cuando el Santo Oficio se pone antipático, Las Ventas se convierte en la primera plaza de carros del mundo.

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