CON JOSÉ MATA EN EL RECUERDO

Tal día como hoy –27 de julio– de hace cuarenta y cinco años dejaba de existir en el Sanatorio de Toreros y a consecuencia de la cornada sufrida dos días antes en la localidad ciudadrealeña de Villanueva de los Infantes, el torero canario José Mata, primer matador de toros mortalmente herido en un ruedo español desde Manuel Rodríguez, Manolete.

Como tantas otras veces, el inescrutable capricho del destino jugó sus cartas para que las líneas vitales de un torero y un toro convergieran en un punto donde ninguno de ellos habría tenido que estar. Porque el cartel anunciado para la inauguración de la plaza de Villanueva de los Infantes, aquel Día de Santiago de 1971, lo conformaban Paco Ceballos, Juan Asenjo, Calero, y Carnicerito de Úbeda, entrando en él José Mata para parchear con el suyo el nombre de Calero, que se “cayó” del mismo no sé por qué motivo. Por otra parte, el astado causante de la tragedia –“Cascabel”, negro bragado, número 128, de 422 kilos de peso y el pial de Luis Frías Piqueras– tampoco formaba parte del encierro reseñado, sino que salió de la finca en calidad de sobrero. No obstante, quisieron los hados que una de las reses de la corrida se accidentara y “Cascabel” entró en uno de los lotes: el que se llevaría el espada canario.

Fue el toro elegido para romper plaza. Cumplió en su lidia y José Mata –que era cabeza de cartel– estuvo bien con él, realizándole una buena faena que se dispuso a rubricar con el plato fuerte de su repertorio durante toda su carrera: la suerte de matar, que él ejecutaba con singular pureza. Se fue tras el acero, volcándose sobre el morrillo, para enterrar el estoque hasta los gavilanes al tiempo que “Cascabel” hundía el cuerno en su muslo derecho seccionándole la arteria femoral profunda.

Echando sangre a borbotones, fue llevado a una enfermería que no reunía las mínimas condiciones para tratar semejante cornada, y con un torniquete y sin quitarle siquiera la taleguilla, fue enviado a Madrid, llegando al Sanatorio más de tres horas después en un estado crítico. Don Máximo García de la Torre hizo todo lo científicamente posible, pero las secuelas de tanto tiempo de torniquete se revelarían decisivas para eliminar el mínimo atisbo de esperanza, hasta que José, de 31 años, expiraba a las 20:47 horas de aquel martes de luctuoso duelo.

Ahora que está tan fresco todavía el drama de Víctor Barrio, no puedo sustraerme a establecer ciertos paralelismos entre ambas tragedias. Tanto a José como a Víctor les sorprendió la muerte luchando por abrirse camino en su profesión. Los dos hicieron su penúltimo paseíllo en Las Ventas. Los dos eran dirigidos por apoderados independientes: Gonzalo San Juan, el de Mata; Alberto García, el de Barrio. Los dos estaban recientemente casados –José no hacía un año y Víctor no llegaba a dos–, con sendas mujeres valerosas y ejemplares –María France Goudard, la de Mata; Raquel Sanz, la de Barrio–, que preferían ir a la plaza a acompañar a sus maridos, que quedarse en casa a esperar que sonase el teléfono. Y ninguna de las dos muertes fue inútil, pues, lo mismo que la de Víctor Barrio ha servido para unir a todo el toreo a fin de acabar con la impunidad de los que hacen de la libertad de expresión una patente de corso, la de José Mata sirvió para plantear una vez más el problema sanitario derivado de las condiciones de las enfermerías y que, en este caso, llevaron a clausurar temporalmente la de Villanueva y abrir expediente al médico de la misma. No obstante, esperemos que las medidas que se deriven del caso actual sean más efectivas que las de aquel, pues a trece años vista aguardaba un caso similar en la de Pozoblanco.

También el óbito de Pepe Mata sirvió para que los antitaurinos de entonces arremetieran contra la Fiesta y, curiosamente, repitieran ciertos “convencimientos” de total actualidad, según los cuales “los toros se van a acabar solos” y “la juventud le ha vuelto la espalda a este tipo de espectáculos”.

Han pasado cuarenta y cinco años. Y “todavía” aquí estamos oyendo los mismos vaticinios.

Comments are closed