CORRESPONDIENDO A UN BRINDIS

Antonio José Blanco, matador de toros sanluqueño, se encerró con seis toros el pasado sábado en la plaza de su tierra para darle un “Segundo capotazo al cáncer”, después de que ya le hubiera pegado el primero toreando el pasado septiembre a beneficio de la Asociación encargada de luchar contra dicha enfermedad. Era pues un nuevo gesto de la inagotable generosidad solidaria que suele anidar en el sufrido corazón de los toreros.

Existía, además, otro motivo para que Antonio José acometiera el reto de enfrentarse en solitario a seis toros: celebrar así su décima temporada de alternativa; esos diez años, repletos de meses, cargados de días, vividos y guiados por una única brújula: querer ser torero.

 Ese norte inflexible impone su tributo: su sudor diario, el machaque físico de cada día, practicar con el capote y la muleta cada mañana, entrar a matar una, dos, tres,… cien veces en el carretón cada jornada y, sobre todo, pensar, reflexionar, imaginar soluciones para los problemas que el toro que ha de venir puede plantearte cuando lo tengas enfrente de verdad.

Lo malo, en el caso de Antonio José y de tantos otros toreros modestos, es que ese toro que ha de llegar, la mayoría de las veces no aparece siquiera ni por el horizonte de los sueños. Y esa ausencia, tremenda, terrible, opresora, no deja resquicio para poder echarle la mínima esperanza real a la ilusión. Aun así, el diestro de Sanlúcar no ha dudado en tirar para adelante pagando su tributo de sudor diario, de entrenamiento físico, de toreo de salón, de hundir la espada en el carretón cien veces al día, sin tener casi nunca un cartel, una plaza, una fecha, que llevarse a los sueños.

Avanzar por esa niebla es duro, muy duro. Se necesita mucha entereza y una confianza en sí mismo capaz de abrirse paso entre el ejército de dudas que inevitablemente surgen de entre las sombras del camino. Con galón de alternativa, y contando la del pasado sábado, Antonio José en estos diez años se ha enfundado once veces el traje de torero. Eso arroja una media de aproximadamente una corrida al año, escaso bagaje para que un torero pueda desarrollar mínimamente sus condiciones, pues falta la imprescindible práctica del oficio; oficio que no da el campo ni el entrenamiento, sino el placearse con el toro y ante el público.

Por todo esto, la encerrona del pasado sábado era algo más que un gesto de solidaridad y una celebración, era quemar un cartucho importante a ver si el estallido de su pólvora hacía sonar la aldaba de la empresa de Madrid o de algún apoderado lo suficientemente cualificado como para ponerle algunas fechas a su agenda. No sé si algo de esto ha ocurrido o podrá ocurrir. Lo cierto es que Antonio José Blanco salió a hombros, tras cortar cuatro orejas de una corrida que, salvo el quinto –al que desorejó– no dio opciones para el triunfo importante. Lo parado del noble primero, la corta embestida del segundo, el genio berreón del tercero –que el día antes había arrancado de cuajo, echándosela a los lomos, una puerta metálica durante las labores de enchiqueramiento–, la distraída y descastada sosería del bonito cuarto y el temperamento venido a menos del sexto, se le pusieron en contra. No fueron toros que desarrollaran peligro, pero sí esas complicaciones cuya resolución requiere de un oficio que a un torero en las condiciones de Antonio José no se le puede exigir. Por otro lado, despachó la corrida sin quebrantos físicos –prueba de la tenaz preparación a la que se somete día a día y año a año–, estuvo valiente y por encima de la condición de sus toros y sólo, en ocasiones, se le notó las carencias de quien torea tan poco.

El torero, que es persona bien nacida, tuvo la deferencia de brindarme la muerte del primer toro, cosa que le agradezco muy de veras y que dice mucho de su concepto de la amistad y de su generosidad como persona. Le correspondo humildemente con estas líneas y le deseo, de todo corazón, la mejor de las suertes como hombre y como torero. Se la merece

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