MUERTE EN LA ARENA

La muerte de un torero en la arena es algo más que una muerte individual. Se diría que morimos un poco todos, En la plaza hay tres actores: el toro, el torero y el público. Éste -nosotros- asiste a la corrida por una sola razón: para ver cómo un torero se comporta ante un toro; es decir, para ver cómo un hombre resuelve su destino.

El toro, en el ruedo, no sólo es un animal, es una encarnación lúdica -y real- del destino. Torear es un arte optimista, la demostración de que el hombre puede vencer al destino, y la corrida, una representación antitrágica. Por eso, cuando el diestro torea, templa la embestida y la somete con arte, con inteligencia o con valor, el público -el coro- celebra su victoria. Y cuando el toro vence al hombre, lo cornea, o peor aún, lo mata, la fiesta se trueca en tragedia: ha vencido el destino.

En la corrida, como en la tragedia griega, lo importante es el público. Más que el héroe que lo representa en el ruedo. Por principio, por solidaridad de la especie, con él se identifica. El torero es el artista heroico que nos cuenta la historia del combate primordial: la lucha del hombre con la naturaleza agresiva, la primera situación límite de su historia, la situación-hombre-en-peligro. De ahí el prestigio mítico del torero, una admiración que, por otra parte, no está exenta de crítica: la identificación del coro con el héroe es una solidaridad condicionada  a su buen hacer. Por eso se designa al público de los toros como el "respetable", el "público soberano".

Y tan soberano es que su crítica tauromáquica se subordina al hecho fuerte, incuestionable, del hombre que se juega la vida y la compromete con su obra. Aquí se asienta la condición heroica del torero. Y cuando muere en la arena, ya sea por un error técnico o por culpa del azar, como aconteció a Víctor Barrio, el sábado pasado en Teruel, siente como propia la muerte de quien le representaba en el ruedo. Sabe el público que el toro del destino termina por matarnos a todos. Y sabe que el toreo se compone de hacer y de azar, que el toreo es hacer la suerte siempre que el azar lo permita. De ahí que la muerte de Víctor nos abrume a todos como una derrota colectiva, como una muerte propia.

La muerte de un torero en el ruedo es una muerte distinta. Es más muerte.

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