VIVA EL TOREO

Ocurrió otra vez. De nuevo, la Dama de Negro quiso arrancar en plena flor de juventud una vida torera. En este año bisiesto parece traer hambre atrasada, pues con el recientísimo de Víctor Barrio son tres las veces que ha encresponado de luto el mundo de la Fiesta: el 1 de mayo, se pasaba por la mexicana Ciudad Lerdo para llevarse a Rodolfo Rodríguez, El Pana, a 32 días vista, después de que el colorado y gacho “Pan Francés”, de Guanamé, le pegara la voltereta que, tras ocasionarle una severa tetraplejia, lo sacó del mundo de los vivos.

Diecisiete días después de este percance, subía ella a los Andes peruanos hasta la placita de Malco, en Pullo (Ayacucho) y con la complicidad de un novillejo de Colorado –ganadería de la tierra–, certero para seccionar la vena safena, y la falta de medios sanitarios necesarios para atender herida de tanta consideración, le arrebató la vida a Renato Motta, un novillero sin picadores de tan sólo 20 años de edad. Y ahora, después de “cruzar el charco”, se viene a las Fiestas del Ángel, en Teruel, para teñir de sangre y duelo el talante alegre y jovial de los turolenses valiéndose de un toro de Los Maños –“Lorenzo”, número 26, de capa buraca y 529 kilos de peso– y del viento que movió lo preciso la muleta del infortunado espada para que el astado lo derribara antes de asestarle en el suelo el derrote fatal.

Víctor Barrio, de 29 años de edad, natural del pueblo segoviano de Grajera; alumno destacado de Antonio Sánchez Puerto en la Escuela Taurina de El Espinar, acaparador de triunfos y trofeos en su militancia novilleril, tanto sin como con caballos; alternativado en Las Ventas justo medio siglo después de la muerte de Juan Belmonte; triunfador el pasado año de la feria de Valdemorillo, acometía el pasado sábado, día 9, su tercer paseíllo de la temporada después de haberlo hecho en la valdemorillense Feria de San Blas y en la madrileña de San Isidro, una vez que su apoderado y empresario del coso turolense, Alberto García, lo hubiese incluido en la cartelería de la feria. Nadie podía saber que iba a ser el último que hiciera en su vida.

Pese al inmenso dolor que a todos nos embarga, al durísimo golpe recibido por sus seres más allegados y amigos y a la pena que deja una pérdida tan irreparable, yo quisiera saltar por encima del duelo y de las lágrimas y en vez de quedarme en la compasión por la tragedia de Víctor Barrio hombre, quisiera encaramarme a la admiración que me produce la grandeza que encierra y simboliza este drama acaecido a Víctor Barrio torero.

Una muerte así pende, como una espada de Damocles, sobre la vida de todos los toreros. Todos lo saben, todos la asumen, todos la acatan. También los que, al día siguiente de la tragedia, o al otro día o al otro, tuvieron que revestirse de valientes para volver a enfundar sus miedos e ilusiones en un traje de oro, de plata o de azabache y liaron su hombría en un capotillo de paseo o la cubrieron con un castoreño, para salir a enfrentarse con dos toros en el ruedo de la gloria o la muerte poniendo sus sueños y esperanzas en lograr la primera, como Víctor Barrio, como El Yiyo, como Paquirri, como Manolete y tantos otros el día del último viaje.

El toreo es así. Así de tremendo, pero así de sublime. La muerte en este caso no es más que un instrumento para agrandar la fama hasta darle carácter de mito. En el toreo, eso de “jugarse la vida” no es retórica. Es verdad. Por eso es heroica la tarea que emprenden los toreros; esa lucha de la que hacen su vida: lucha contra el toro, lucha contra el toreo y, sobre todo, lucha contra ellos mismos, pues es un combate despiadado el que les hace vencer el instinto de conservación, fruto de la selección natural propia de todo ser vivo, con la selección cultural que los ha convertido en toreros. Son muchos litros de sufrimiento los que tienen  que destilar para lograr unas gotas de gloria. Y nadie, salvo ellos, sabe lo que cuesta acomodarse a ser compañero de camino del miedo, a aceptarlo como tal, a convivir un año y otro y otro, día a día, con él.

Cuando llega, la muerte del torero duele, lastima, amarga, es algo inconsolable; pero es imprescindible. Nadie la quiere, pero sin ella tampoco habría toreo. Algo individual, como lo ocurrido a Víctor Barrio, se transforma en ese espacio colectivo de la fama que a todos nos afecta. También de ella se nutre la tauromaquia para su engrandecimiento. Y la vida y la Fiesta deben continuar como siempre, con ese fondo de admiración y respeto que percances como el de Víctor pone en primera plana. Descanse en paz el torero y… ¡¡viva el toreo!!

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