NOVILLOS EN EL PUERTO

Remozada, alegre, buscando en su exornado sus orígenes, la Plaza Real de El Puerto de Santa María luce una nueva belleza muy bien avenida con su historia y solera. Bienvenidos los cambios cuando, como en este caso, es para mejorar la imagen y estructura de un monumento histórico, artístico y de tanta raigambre taurina.

Pero, por desgracia, no han sido los únicos. Situado ante la fachada de su portada principal echo de menos al mínimo atisbo de un cartel anunciador de los festejos programados para esta temporada. El que tradicionalmente ocupaba una parte de dicho frontal ha desaparecido, de forma que el viandante que transita por sus aledaños no recibe la mínima información de que –como ocurrió el sábado– esa tarde hay toros. Tampoco en el trayecto que va desde la carretera de Sanlúcar hasta la plaza me tropiezo con ningún cartel de los que habitualmente dan publicidad a las corridas. ¿Será que han decidido “esconder” la Fiesta, o es que estamos ante un  nuevo experimento de márquetin empresarial?… Desde luego, ante el desolador aspecto de los tendidos en la novillada y la pobre entrada de la corrida de reinauguración, no parece que el “sistema” esté dando el mínimo resultado; pero doctores tiene la Iglesia. Esperemos que este “silencio publicitario” sólo obedezca a alguna circunstancia pasajera.

Sin embargo, lo que sucedió en el ruedo dio motivos para reconfortarnos en nuestra afición. En primer lugar, por la encastada novillada de Peñajara, compuesta por astados de distinto juego –uno sobresaliente, el quinto; otro bueno, el primero; manejable y más dulce el tercero; con genio el segundo; complicado el cuarto y una “prenda” el sexto–, mas todos cortados por el mismo patrón de la casta. Y decir casta es decir emoción y esa dificultad para los toreros que el temperamento lleva aparejado. La mayoría empujó, metiendo los riñones, en el caballo, y en la muleta todos tuvieron sus teclas que tocar y fueron exigentes para sus matadores.

La otra sorpresa grata de la tarde fue el buen corte de torero del portuense Daniel Crespo, que atesora torería y calidad en lo que hace amén de otras virtudes. Era la primera vez que lo veía torear y me causó muy buena impresión con su modo despacioso de conducirse por el ruedo, su clasicismo sobrio y sin afectación y ese regusto que imprime a las suertes cuando le salen acordes a su manera de sentir. Con el capote, dejó pinceladas artísticas a la verónica y de firmeza en las gaoneras, ante su primero, en cuya faena plasmó pasajes de extraordinaria factura, aunque sin acabar de rematar del todo la obra como la calidad del novillo merecía.

Con ese puntito de duda en mi mente, me dispuse a verlo ante las complicaciones del cuarto, que comenzó quedándose por debajo y con muy corta y deslucida embestida. Pero aquí Crespo no se dio por vencido. Sacó paciencia y voluntad y, lejos de aburrirse, fue construyendo una laboriosa faena hasta llegar a imponerse al animal, que, viéndose vencido, sacó su lado bueno entregándose a la mano zurda del torero, que dibujó naturales de auténtico mérito y emotiva belleza. De nuevo salió a relucir ese regusto del que antes hablaba y, tras una media estocada mortal de necesidad, el chaval vio recompensada su torería y afán de triunfo con una merecida oreja que no da debida cuenta de lo que fue el total de su notable actuación.

Sus compañeros de terna me gustaron menos. Innegable, eso sí, la voluntad derrochada por Pablo Aguado, al que le tocó el novillo de la tarde con una fijeza y una calidad por el pitón izquierdo sumamente notables; una embestida humillada, larguísima y repetidora, aderezada con la pólvora de la casta, que transmitió mucho a los tendidos, sin ser para nada fácil. Pablo le hubiera cortado una oreja con fuerza o tal vez las dos si hubiera acertado con el acero, no obstante, en honor a la verdad, me gustó más el novillo que el novillero. En cuanto a Alfonso Cadaval, se encontró con el utrero más dulce y el de más “guasa” de la novillada. Con el primero acertó a sacar alguna tanda estimable por el pitón izquierdo y con el malo se le notó la falta de oficio y seguridad que aún no ha tenido tiempo de adquirir.

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