BILBAO, LA ÉPICA Y LA CRÍTICA

El aficionado al deporte vive su afición envuelto en exaltaciones épicas; el aficionado taurino malvive refrenado por la crítica. La suya y la que lee o la que escucha. No le da sitio alguno a la admiración y cuando se entrega, lo hace comedidamente. En las Corridas Generales de Bilbao se han visto muchos, demasiados, toros mansurrones, con genio defensivo, peligroso; algunos bravucones pero que se defendían con acometidas aviesas, no embestidas faltas del soporte de la fuerza.

Y también se han visto unos pocos, poquísimos toros bravo, que yo recuerde uno de Puerto de San Lorenzo, que correspondió a Padilla; otro de Alcurrucén, con el que Urdiales hizo una gran faena; dos de Jandilla, uno al que le chorreaba la clase, con el que Fandiño hizo un templadísimo toreo al natural y por derechazos inmensos, y otro bravísimo, que exhibió su bravura a pesar de lo mal que lo toreó Mora; y por no ser derrotista, un sobrero de Fuente Ymbro, más encastado que bravo, con el que Garrido armó un alboroto.

¿Qué le pasa al toro? Que le sobran kilos y cuernos y le faltan fuerzas y en muchas ocasiones raza. Aunque se debe advertir que unas veces se cae por debilidad y muchas otras por lo mal que lo bregan. Lo pican brevemente en el caballo, como si lo perdonaran, y pierde prestigio nada más comenzar la lidia, pero lo pican mucho porque la puya de hoy, afilada con rayo laser al vacío, entra como una inyección y, por lo general, el toro sangra como si hubiera recibido tres puyazos de los de antes.  Demasiado caballo y demasiada puya ofensiva: la lidia debe recuperar su equilibrio en el primer tercio.

De los toreros voy a mencionar a los triunfadores. El Primero, José Garrido, torerísimo y valeroso. Las lidias de sus seis toros fueron seis cumbres épicas. En otros tiempos habría cortado cinco orejas. Pero en el palco estaba un presidente enemigo de la épica y cautivo de una conducta crítica que, por lo visto, le da prestigio. Una vergüenza. Más justo estuvo con Diego Urdiales, que cortó dos merecidas orejas gracias a una faena desbordante de clase y arte. Sin duda arrepentido, trató con su habitual injusticia a Iván Fandiño, que hizo el toreo más templado y profundo de la feria junto a Miguel Ángel Perera.

Pero las figuras salieron demeritadas del ciclo bilbaino, aunque lo cierto es que estuvieron muy por encima de sus enormes toros, jugándose la vida todos, sin excepción. Sus faenas no fueron triunfales pero tuvieron, casi todas, mucho interés taurómaco. Otra cosa es que la crítica habitual las menosprecie, o no las sepa explicar, y que el público, ya no advertido, ya sin mentores, no las sepa valorar. O hay orejas o el toreo es un desastre. ¡Qué pena de afición!

Fue poca gente a la plaza. Mas, ¿por qué va a ir a ver a toreros infravalorados, que ya no salen en los medios y a los que la crítica trata con conmiseración, y por qué van a valorar lo que hacen a los toros de hoy, que tienen doble trapío y defensas que los toros de hace cien años? El enemigo del toreo está dentro. El acoso de afuera es dañino, pero si las timoratas autoridades y los misantrópicos críticos taurinos reconocieran la épica que alberga el toreo, su agresividad sería anecdótica.

Comments are closed