DE “TOPOS” Y OTROS ENEMIGOS INTERNOS

Anda revuelto el cotarro taurófilo con los últimos escritos del crítico taurino de “El País”, Antonio Lorca. Y anda revuelto, con razón. Porque, aunque los exabruptos y descalificaciones de Lorca no son nuevos, su maledicente taumaturgia para convertir el triunfo torero en caricatura –como hizo con los de José Tomás y El Juli en Yllumbe– o un acto tan emotivo y generoso como la corrida benéfica de Valladolid para trocarla en un desangelado espectáculo, cuyos toros eran “becerrotes” y donde el crítico se permitió la osadía de poner en duda hasta el carácter benéfico de la misma, vienen a ser perlas recientes del inacabable collar de difamaciones contra la fiesta de los toros, que lo están convirtiendo, como le pasó a su antecesor Joaquín Vidal –generador de la peor calaña de aficionados que he visto nunca– en adalides de la causa antitaurina.

Son algunos de los “topos” –esto es: antitaurinos infiltrados en el periodismo taurino, cuya tarea consiste en socavar desde dentro los cimientos del toreo para que los “antis” declarados tengan más fácil el trabajo de erradicar la Fiesta–, que, como Lorca y otros adláteres, cuentan con un foro de opinión privilegiado tal que el diario “El País”, amarillo en su línea editorial, neoliberal en su ideología y antitaurino inconfeso, pero antitaurino en cualquier caso, desde que se creó.

No obstante, el derrotismo de Antonio Lorca se enmarca dentro de una de las categorías de enemigos interiores que tiene la tauromaquia; enemigos que han existido siempre y cuyos daños ha sido capaz de asimilar el toreo sin perder su equilibrio. Sin embargo, en estos momentos, el perjuicio que causan es significativamente mayor por cuanto, consciente o inconscientemente, favorecen las tesis antitaurinas y minan la resistencia taurófila.

El aficionado derrotista sostiene que todo está mal en la Fiesta y que los culpables de la situación actual están dentro y sólo dentro del toreo. No menos peligrosos que éstos, por el mucho daño que generan, son sus antípodas de “todo el mundo es bueno”, los que defienden que cualquier crítica a la Fiesta es contraproducente para ella, los que llevan el triunfalismo en la solapa y aspiran a convertir el indulto en premio de uso ordinario. También contamos con los oportunistas, enmarcados sobre todo en la clase política, cuya versatilidad camaleónica en materia taurina hace que se posicionen a favor o en contra del toreo según lugar y circunstancia y siempre en beneficio de sus intereses partidistas. Por último, tenemos el sector de los “acomplejados”, aficionados cuyo sentimiento de culpabilidad por la muerte del toro o la “crueldad” de la lidia, no hace sino evidenciar su incapacidad para captar la esencia del rito que late en la corrida.

También, entre los profesionales, hay enemigos internos, como los oportunistas que se aprovechan de las circunstancias y quieren transgredir la ética del toreo bajo el chantaje de “No criticar”, y los simplemente “golfos”, a los que sólo les importa el toreo como medio de lucro. El perjuicio que pudieran causar a la Fiesta les trae sin cuidado; para ellos sólo cuenta el dinero. Y cuanto más fácil, mejor.

Mucho cuidado con todos ellos. Todos son dañinos e indeseables. Ni todo está mal en el toreo ni todo en él es agua de rosas; pero es que además estamos inmersos en una época de guerra. Y en épocas de guerra –ya lo afirma la historia– hay que extremar el rigor en todos los aspectos y velar por la esencia y pureza de la fiesta brava. Con esa dinámica, nos será más fácil desenmascarar a “traidores” como Antonio Lorca y a algunos taurinos de pacotilla que pretenden, sin escrúpulos, hacer del toreo su coto privado.

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