DOS SORPRESAS EN AGOSTO

Las dos me causaron la impresión, gratísima, de algo inesperado. Sorprendentes, pues, fueron las dos. No porque sus protagonistas no estuviesen capacitados para hacerlas, como bien demostraron al firmarlas, sino porque me atrevería a decir que ninguno de ellos había conseguido antes rayar a tal altura artística.

Las dos me arrebataron en agosto. La primera, el miércoles, 17, en una Malagueta exornada en blanco, con su minotauro ciego, por el creativo artista francés Loren; la segunda, tuvo por marco la negruzca ceniza del coso bilbaíno el domingo, 28, fecha de clausura para sus Corridas Generales.

Las dos vinieron auspiciadas por dos toros de clase excepcional; la de Málaga, por el astado corrido en octavo y último lugar, de nombre “Ropavieja”, con 568 kilos de peso, marcado con el número 71 y el pial de Torrealta; la de Bilbao, por el segundo de la suelta, “Lagunero”, número 137, de 535 kilos y la azul divisa de Jandilla. Dos toros que, amén de su nobleza, se distinguieron por el armónico son de sus embestidas. Eran toros que, desde que saltaron a la arena, venían exigiendo toreros artistas, porque sólo el arte nacido de las entrañas de los sentimientos podía manifestar en toda su dimensión la calidad que atesoraban aquellas dos obras maestras de la selección cultural ganadera.

Miren por donde, ninguno de los diestros designados para lidiarlos tenían sello de artista ni se encuadraban dentro de esa selecta categoría de monteras tocadas con la varita de los elegidos por las musas. El de Málaga era Jiménez Fortes, reconocido fundamentalmente por su valor a prueba de cornadas de muerte; el de Bilbao, Iván Fandiño, otro diestro valiente, poderoso, que, sin embargo, estaba siendo víctima de un bache peligrosamente prolongado.

A priori no eran los más idóneos para lucir tan exquisita bravura, pero, afortunadamente, el hombre no es una máquina, que se rige por sus automatismos, ni como el resto de los animales, que actúan siempre a dictados de su código genético. Tanto Fortes como Fandiño contaban con su experiencia, con su pasado, con sus roces y ralladuras con la vida; ambos llevaban a cuestas sus fantasmas interiores y sus ilusiones latentes. En la cerradura de sus corazones, entraron como hechas ex profeso las llaves de las embestidas de ambos toros. Y abiertas en ambos las puertas de los sentimientos, los dos se dejaron llevar por los sueños toreros que habían alimentado durante tantos años. Era el día y el momento y se evadieron de presiones, de logros, de metas, y se dieron a torear a corazón abierto, dejando que fluyera de sus muñecas toda la poesía que habían guardado durante tanto tiempo en sus corazones. Era el momento de echar al aire los versos del toreo que cada uno llevaba dentro. Y salieron. Salieron con esa despaciosidad, con ese temple, con esa parsimonia de lo que no quiere acabar nunca, porque lleva en su alma vocación de eternidad. Así fueron los derechazos y naturales de Fortes; así fueron los naturales y derechazos de Fandiño; así se desarrollaron dos faenas macizas, conjuntadas, sin tiempos muertos ni altibajos. Dos obras maestras, dos himnos gigantes para ensalzar y elevar el mejor de los toreos. Todo su conjunto fue acariciado por la hondura, por el regusto, por el amor a la tauromaquia. Qué forma tan bella de enroscarse el tiempo en los pases de pecho de Fortes; qué templaria manera de dilatar los instantes en las pausadas manoletinas de rodillas de Fandiño. Lástima que las dos obras tuvieran necesidad del verduguillo –manejado en ambos casos de forma certera–, después del estoconazo de Fortes y el pinchazo hondo en lo alto de Fandiño. Pero cuando este colofón se diluya en el olvido, quedarán desnudas, brillantes, inmortales, las dos faenas de dos hombres que con ellas se revelaron como insignes artistas.

Ni que decir tiene –por eso no es sorpresa– que ambas faenas fueron injustamente tratadas por los respectivos usías. Tanto la presidenta de Málaga como el presidente de Bilbao mostraron su incapacidad e incoherencia. Pero no importa. Yo desde aquí les abro a ambos la Puerta Grande, no de La Malagueta o Vista Alegre, sino la de la Historia. Y no crean que esta salida a hombros diferida obedece tan sólo a mi sentir personal y subjetivo, sino a poder dar satisfacción a la mayoría de los aficionados que la vivieron en la plaza o en sus casas a través de la televisión.

La obra de Fortes y Fandiño, como todo lo imperecedero, estuvo muy por encima de premios y orejas. Cada una por sí sola se ha ganado su puesto en la inmortalidad.

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