JOSE TOMAS, FUERA DE LA LEY

Hay leyes físicas como la del campo magnético. La tauromaquia la tiene en cuenta para que la embestida se imante a la capa o la muleta que torean. Para cumplirlas, los toreros deben respetar unas normas: son las leyes, en principio lógicas, del toreo. Pero José Tomás es dueño de un campo magnético distinto. ¿Por qué su primer toro, manso, con genio defensivo, sin fijeza, protestón, que sustituía la embestida por el hachazo, obedeció las ordenes del torero y terminó embistiendo con cierta fijeza y, a veces, con largo recorrido? Sinceramente,  no lo sé. Por eso, el acople de toro y torero, el mando y el temple, fueron compañeros de la fiereza. Un asombro con aura de milagro.

¿Y por qué su segundo, incierto, que se descuadraba en los cites y se empleaba en embestidas cortas o largas, sirvió para que José Tomás le impusiera una larguísima y variada faena? Tampoco lo sé. Y también sé, supe, comprobé, que con este diestro el toreo es intriga y éxtasis, valor y sublime belleza, incertidumbre letal y catarsis liberadora. Más de diez veces la plaza se puso en pie durante la abismal faena. No detallaré, pues, las múltiples suertes creadas por el torero, me basta levantar acta de un desfondamiento colectivo, de la lúcida ebriedad sufrida, o gozada, en la plaza de Valladolid, el pasado 9 de septiembre de 2016, por un público que había interiorizado el toreo como como una revelación inasumible, fuera de la ley.

Lo que analicen los críticos, lo que escribamos todos ahora, a toro pasado, ya no importa. Los milagros no se cuentan, se viven.

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