SOMBRAS EN BILBAO

Por segundo año consecutivo, las Corridas Generales adolecieron de falta de público. Cierto es que la mala suerte se alió con la Empresa, con la ausencia, forzada por su percance de Málaga, de Roca Rey, el torero que, tras José Tomás, está llevando más gente a las plazas. No obstante, hay cosas que se deben estar haciendo mal para que el público bilbaíno sea reacio a ir a Vista alegre, y de algunas de ellas ha quedado clara constancia en esta edición.

En primer lugar, hay algo de obligado cumplimiento si queremos comenzar a sanear el ambiente taurómaco de la capital del Bocho: echar del palco de la presidencia al sátrapa que lo ocupa. El tal llamado Matías, otro de los “monstruitos” promocionados por Manolo Molés and Company, padece tan enfermizo grado de protagonismo que desquicia absolutamente el orden natural jerárquico que debe imperar en una corrida de toros, donde las principales estrellas siempre han sido y deben seguir siéndolo el torero y el toro.

Este año ha sido reincidente en sus filias para Diego Urdiales, al que el año pasado premió con una generosidad para él exclusiva y este año sorprendió a todos, hasta al propio torero, sacando a la vez los dos pañuelos para premiar una faena que no mereció más allá de la concesión de una oreja. Desmesura que fue agravada otorgando una vuelta al ruedo, que nadie pidió, al toro de Alcurrucén coprotagonista de la misma y que en nada fue notable.

Por contraste, se mostró cicatero con la música –cuya actuación él tiene que autorizar, como cada tarde tiene que exhibirse lanzando la pesada llave que un día herirá a alguien de los tendidos bajos– para varios toreros y con la concesión de trofeos; en particular la primera tarde de José Garrido, que debió salir de la plaza con tres orejas cortadas, cosa que quiso compensar la tarde siguiente otorgando las dos orejas –otra vez los dos pañuelos a la vez– del encastado y exigente sobrero de Fuente Ymbro.

Sin embargo, lo que cayó como un tiro al público bilbaíno fue la forma de resolver la empresa Chopera y la Junta Administrativa la segunda sustitución de Roca Rey. Hay que remontarse muchas décadas atrás para escuchar una pitada tan sonora como la que acogió a los toreros en el paseíllo. En verdad estaba dedicada a López Simón, causante directo o indirecto de haber reducido la terna a un mano a mano dejando fuera a un torero –Javier Jiménez–, que acababa de triunfar en Las Ventas abriendo su puerta grande.

 Cuando veía las lágrimas vertidas en el callejón por un López Simón desmadejado e incapaz de soportar la presión del público a la contra o de su propia mala conciencia, pensé en las que se tenía que estar tragando Jiménez viendo cómo los bajos fondos del toreo le robaban la oportunidad de figurar en una feria que había apostado por los toreros jóvenes como él y en la que tenía pleno derecho a estar.

No obstante, y pese al comunicado emitido por la Empresa y la Junta Administrativa, hay cosas que sigo sin entender. Primeramente, me niego a creer que Julián Guerra, apoderado de López Simón, tenga la fuerza suficiente para imponer su criterio a Chopera y a la Junta. Aquí, para imponerse a los empresarios y organizadores, hay que llenar la plaza y dejar dos mil personas fuera sin poder entrar, y desde luego éste no es el caso de López Simón. Pero en el toreo está ocurriendo como en esta falsa democracia actual, donde el verdadero poder jamás se presenta a las urnas, dejando que sean sus capataces –los políticos– los que compitan entre ellos. Lo digo porque en el susodicho comunicado se expresa que “los representantes (de López Simón) nos solicitaron un torero por delante que abriese cartel…” Fíjense en el plural de “los representantes”, pues eso indica que no sólo era Julián Guerra, sino tal vez el que todo el mundo sabe y nunca figura: Matilla. En ese caso, ya la fuerza es otra y otros los compromisos, aunque el pretexto sea tan peregrino como demandar un torero por delante –tal vez querrían incluir a El Fandi, como hicieron en Sanlúcar– cuando Simón abría cartel hasta en la terna original.

Si como manifestó López Simón, él no hace ni deshace carteles –pero deja que sus mentores lo hagan o deshagan en su nombre–, por muy cómodo que sea su papel de marioneta, la responsabilidad última es suya. Que no se le olvide. Como a nosotros no debe olvidársenos lo que ocurrió el pasado año con la corrida de San Miguel en Sevilla, que, como este año, guardó un puesto para un triunfador y volvió a quedarse en un mano a mano, en el que por cierto figuró López Simón, dejando fuera también a Javier Jiménez. Esperemos que este año, prevalezcan los intereses de la Fiesta y Jiménez figure en la misma junto a Morante y Roca Rey.

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