DE LA GUERRA

No era de aquellos palhas del horror, terror y pavor, ni de aquellas “alimañas” de Victorino, ni portaban sabiduría de latines como aquellos miuras de antaño, o incluso como los que mató Paula mano a mano con Limeño en Sanlúcar de Barrameda, en la década de los setenta, para hacerle decir al torero gitano una vez concluida la función cuando se pasó a ver el estado de su compañero de cartel, que había resultado herido:

–Pepe, si Dios quiere, yo ya no mató ni una corrida de Miura más…

Y, tras quedarse unos instantes pensativo, remató:

–Y si no quiere, tampoco.

No. No era de ese tipo de corridas, sin embargo, como si lo fuera, el encierro del Puerto de San Lorenzo del pasado sábado en Madrid, puso la nota agria, dramática, angustiosa a una tarde donde el miedo sobrevoló los tendidos y el toreo mostró continuamente la cara terrible de la incertidumbre.

Mansos, reservones, desarrollando su porción de sentido, ágiles de cuello para echarse a los lomos a los toreros en cuanto éstos cometieran el mínimo desliz, los astados salmantinos expandieron tufo a cloroformo cada vez que metían la cara sin quererse salir del bulto. El público vivió la tarde con alta tensión barruntando que en cualquier momento la sangre torera podía dejar su huella bermeja en el ruedo. Salvo el último, que dentro de su sosería, tuvo algo más de nobleza, los toros de la divisa encarnada y amarilla fueron un compendio de esos defectos que hacen bueno el dicho de “…y el toro lo descompone.”

Dura prueba para Curro Díaz y José Garrido; un veterano y un bisoño, pero dos toreros como la copa de un pino; dos artistas de distinta cuerda, pero enlazados por el mismo pundonor y la misma vergüenza torera; dos hombres en el mejor sentido del término, que pusieron de manifiesto esa ofrenda interior que hace el torero de sí mismo cuando el prurito profesional sobrepuja al instinto de conservación para darse a corazón abierto en aras de realizar sus sueños.

No hubo orejas, aunque pudo haberlas. No hubo triunfo sonado; pero sí esa admiración callada y sentida que convierte a los toreros en héroes. Tanto al de Linares como al pacense, los toros les quitaron los pies del suelo, los lastimaron, los hirieron, los vapulearon, mas no consiguieron que ninguno de ellos se “rajara”. Curro Díaz no quiso entrar en la enfermería hasta el término de la corrida. Eso no sólo es una muestra de compañerismo y torería, sino de un honroso sentido del deber. José Garrido no tuvo más remedio que ponerse en manos de los médicos, pero tan quebrantado de físico, como entero de ánimo, salió a matar al sexto para no dejarle ningún toro extra al compañero. Y eso, como estaba saliendo la corrida y lo mermado de facultades que se encontraba, dice muy mucho de su coraje y de la buena educación taurina que le asiste.

Tarde áspera, desagradable, ésta tercera de una Feria de Otoño metida en volteretas desde su inicio novillero. Tarde de guerra, de pasar angustia en las gradas y de apretar los dientes y tirar para adelante en el ruedo. Tarde de toros inhóspitos; pero también tarde de toreros machos; toreros que, además de su firmeza, nos dejaron algunos destellos de ese arte que hace del toreo, además de sublime, algo tremendamente bello.

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