EL DEDO EN LA LLAGA

Eso es precisamente lo que ha conseguido poner el pasado día 4 de octubre el coloquio convocado por el Observatorio de Culturas Taurinas, con el apoyo de la Unión de Ciudades Taurinas de Francia, para tratar el tema de la relación del hombre con los animales, al considerarlo ni más ni menos que un asunto de Civilización y lograr que el Senado francés solicite una comisión de investigación sobre el movimiento animalista, cuyo fanatismo pone en riesgo de ruptura el modelo de civilización grecorromana que cimenta nuestra cultura.

Creo que hasta dicho día nadie había acertado a situar las pretensiones del animalismo en su justa dimensión, considerándolo un  problema civilizatorio. Un problema, por tanto, mucho más amplio y profundo que el que nos afecta a los taurinos con el peligro de abolición de las corridas, a las familias del circo con la supresión de exhibir y amaestrar animales, a los cazadores para seguir practicando su reglada actividad cinegética o a la propia gente del campo en su crianza o trato con el animal.

A riesgo de caer en el hartazgo, volveremos a insistir en que, como seres humanos, tenemos nuestras obligaciones con los animales en función de lo que sean y lo que son para nosotros; pero el cumplimiento de esas obligaciones no puede llevarnos, como pretende el fanatismo animalista, a equipararnos con ellos ni a dotarlos de unos derechos inexistentes por cuanto son individuos a los que no puede exigírseles ninguna responsabilidad social o moral.

Como han precisado correctamente las conclusiones del coloquio francés, lo que está en juego es nuestro concepto de civilización y, en particular, el humanismo que la sustenta. Un humanismo que surge en el Renacimiento con la noción del “hombre” enfrentado al cosmos; un hombre que, ante la inmensidad cósmica que puede aniquilarlo de un zarpazo, se yergue armado de su “logos”, de ese arma llamada “razón” que nos hace distintos y superiores a cualquier otra especie animal.

Frente a la ideología halagadora con que el animalismo –el “mascotismo” deberíamos decir– actúa sobre la sensibilidad más superficial, el hombre del logos opone otra más profunda, más conocedora, fruto de una experiencia de milenios, que los animalistas obvian o niegan, contemplando como un error terráqueo las tradicionales relaciones del hombre con el resto de los animales. Pero esta negación del humanismo –del antropocentrismo, como ellos lo llaman– es una exclusión totalmente arbitraria que no consigue salir del ámbito estrictamente humano, pues si descorremos el telón donde el animalista se erige caprichosamente en portavoz de los animales –ningún animal les “ha pedido” que lo haga–, no veremos a ningún toro, lobo u oso, ballena o golondrina, dictándonos sus reivindicaciones de existencia, sino a otro hombre, igual que el resto, tan falible como el resto, que, respaldado por los mercaderes y santones del negocio más lucrativo del mundo, ha decidido oponer sus creencias a las ideas de quienes seguimos considerando la especie humana distinta a las demás, por haber superado una criba –la selección cultural– sólo dable a quienes gozan de inteligencia abstracta.

El animalista es un hombre desentendido del hombre. Le preocupa bien poco la trama interna del vivir humano. Es más, es un hombre avergonzado de serlo; un hombre que desprecia a sus semejantes a los que hace culpables de todo cuanto les pasa… ¡Cómo si nuestra libertad nos permitiera optar por la vida que se nos antoje!

El animalista es un ser que a fuerza de apartarse tanto de los asuntos vitales de sus congéneres, se ha salido de la humanidad, pues sólo a un renegado de tal jaez puede importarle lo mismo la vida de un cachorro que de un bebé y degradar al hombre, porque le da la gana, situándolo al mismo ras que cualquier bestia.

Bajo la coartada del maltrato animal, subyace una guerra frontal entre la razón y el irracionalismo; entre el humanismo y su aniquilación. Es nuestra cultura y civilización los que están en juego.

Que no se nos olvide.

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