POR LA BUENA EDUCACIÓN TAURINA

En un tiempo donde las tertulias y platós de televisión se hallan invadidos de mala educación, exportando su chocarrera “ejemplaridad” al resto del mundo, aquella empieza a enseñorearse también de los ruedos. Me refiero a la mala educación taurina, a la infracción de esas reglas de urbanidad taurómacas no escritas que ha formado parte de los principios deontológicos de la torería desde los tiempos de Costillares y Pedro Romero.

Cuando un torero ha pasado a la enfermería por algún percance que no le impide continuar la lidia; aunque pueda hacerlo antes, no sale al callejón para reincorporarse a la corrida hasta que el compañero que esté toreando haya dado muerte al toro. De esta forma, no le roba ni un ápice de la atención del público. Eso es buena educación taurina.

Cuando un espada, sea cual sea, interviene en el último quite de un toro, el picador de tanda detiene su caballo hasta que el quite se haya terminado para no distraer al toro. Eso es buena educación taurina.

Ahora, en cambio, vemos muchas veces que el matador que va a hacer el quite espera a que el picador haya salido del ruedo para hacerlo. Eso –el mundo al revés– es mala educación taurina.

También entra dentro de este apartado, las histriónicas voces con que algunos banderilleros y apoderados suelen jalear –cuando no dictar órdenes o pedir trofeos– el quehacer de su jefe de filas. Igual que cuando, conseguida la estocada, pide el matador a sus banderilleros que dejen al toro tranquilo y éstos, sin echarle la mínima cuenta, siguen dándole capotazos a diestro y siniestro. Todo esto también forma parte de la mala educación taurina.

Sin embargo, lo que me ha impulsado a escribir este artículo es otra práctica que se está poniendo de moda y que considero una intolerable falta de respeto. Me refiero a esas entrevistas que en las corridas televisadas se llevan a cabo en el callejón con el diestro que acaba de torear y que ahora suelen prolongarse, ya con el toro siguiente en la plaza y su matador toreándolo de capote, incluso cuando ha comenzado el tercio de varas. El otro día en Zaragoza, en un toro de Cayetano, Ponce –que le gusta extenderse todavía más con la palabra que en sus larguísimas faenas– tuvo que correr para ocupar su sitio reglamentario cuando ya el toro estaba recibiendo la primera vara.

Aunque siempre me ha parecido un abuso eso de meterle el micrófono al torero que viene de matar su toro; llevada a los extremos actuales, la acción del entrevistador me parece también una falta de respeto absoluto hacia el torero que está toreando, pues con la entrevista del otro matador consigue robarle la atención que el telespectador debiera tenerle. Pero me parece aún peor –de muy mala educación taurina– que el torero entrevistado se preste a ello con el siguiente toro en la plaza, cuando debería estar pendiente de lo que ocurre en la arena y presto a un posible quite a cualquiera de los lidiadores que están actuando. Eso, además de una falta de educación taurina, es no cumplir con sus obligaciones, lo que redunda en menoscabo de su torería y compañerismo.

En rigor, creo que alguien debería ponerle coto al creciente abuso de las entrevistas entre barreras. Los toreros estarían más centrados en su labor y los televidentes no perderíamos ninguna información relevante. Medítenlo los interesados y las autoridades correspondientes.

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