DECÍAMOS AYER…

Guapísima. Toda una belleza, luciendo los logros de la cosmética de su tocador –albero expresamente traído de Sevilla, alisamiento de la pendiente del ruedo, almagre nuevo, como carmín de estreno, para las tablas de su barrera…–, acicalada como una adolescente en la fiesta de su puesta de largo, pese a amontonar sobre su espalda doscientos cincuenta calendarios –¡un cuarto de milenio, que se dice pronto!–, la plaza de toros de Acho se abrió el domingo a su primera corrida de feria como una clavellina en primavera.

Con la ilusión iluminando su rostro y el amor asomado a sus ojos –que para eso bebe los vientos por un mocito de la tierra que le tiene la sangre y la afición alborotadas–, abrió de par en par puertas y corazón al pie del Cerro de San Cristóbal para concelebrar, con el “No hay billetes” colgado en las taquillas, la primera corrida de toros de la feria de su ducentésimo quincuagésimo aniversario.

Todo estaba cuidado hasta el detalle. Los toros, traídos desde las tierras salmantinas de “Alaraz” hasta sus corraletas tras cruzar por vía aérea miles de kilómetros de océano, componían una corrida cortejana, término hoy en desuso que antaño se empleaba para designar un encierro terciado y de bonitas hechuras. Y así eran los toros que Domingo Hernández había reseñado para la ocasión. Todos cortejanos –tanto los colorados como los negros– y en tipo de embestir, de esos que enamoran en la mañana del sorteo arrancando de los profesionales ese “No puede fallar”, que, por desgracia no siempre se cumple.

 Esta vez, por ejemplo, sólo se cumplió a medias; pero hubo dos astados –“Veleto” y “Rabanillo”–, lidiados en cuarto y quinto lugares, que ameritaron su divisa haciéndose acreedores al póstumo homenaje de la vuelta al ruedo con las mulas al paso. Con ellos cada torero dio lo mejor de sí mismo, logrando que al término de la corrida, el gentío que abarrotaba la plaza saliera con las expectativas bien cumplidas y toreando por la calle.

Mientras que El Juli, a base de sapiencia, entrega y torería, defendía su condición de figura, el reaparecido Andrés Roca Rey desató una tolvanera de emociones  con un toreo de colmillos afilados y hambre atrasada, conjugando estética y verdad, amancebando el riesgo con la armonía y fundiendo alardes y belleza, para elevar las cotas del entusiasmo a lo netamente superlativo.

El diestro limeño superó la presión de la responsabilidad, hizo caso omiso a los meses de inactividad y a que los toros fuesen de la misma ganadería del           que lo mandó al “hule” en Málaga el pasado agosto y abrió la puerta grande tras darse por entero a su obra con la misma serena apostura que aquel fray Luis de León, cuando, tras permanecer largo tiempo en las mazmorras de la Inquisición, volvió al aula para dirigirse a sus alumnos como si nada hubiera ocurrido. Así, el pasado domingo en la bicentenaria plaza de Acho, Roca Rey volvió a enfrentarse al toro y al público con el mismo valor, la misma entrega y la misma afición de antes, como si no hubiese pasado nada. Fue el “Decíamos ayer…” en versión taurina de un muchacho que, desde que empezó, tiene la mirada puesta en la más alta cima del toreo.

Y el camino que lleva no puede ser mejor.

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