REFLEXIONES SOBRE GINÉS MARÍN

Hay toreros que no se dan cuenta de lo rápido que pasa el tiempo del toreo, de lo pronto que, sin esperárselo, se van quedando antiguos, atrás, postergados por otros que vienen detrás y que les pasan a velocidad de vértigo. Ocurre con aquellos que apuntan, apuntan y siguen apuntando, sin que acaben de una vez de disparar. Tienen todas las condiciones para hacerlo, pero unas veces por unas cosas, otras por otras, no acaban de dar ese zarpazo definitivo que conjugue realidad y esperanza; esto es: lo que consiguen ante el toro y lo que se espera de ellos.

Normalmente, lo que de ellos se espera tiene fundamento. En actuaciones anteriores, han sido capaces de generar una serie de expectativas que, llegado un momento, parecen estancarse, no ir más allá. Y pasa una tarde y otra y otra sin que dichas previsiones se cuajen en algo sólido, cuando se sabe que el toreo, como la vida, se hace paso a paso y pase a pase, actuación a actuación, toro a toro, y sobre todo, en algunas tardes especiales donde el torero se sitúa en el centro de atención del aficionado, que espera los resultados de dicha confrontación por parecerle ésta peldaño inexcusable de superar con buen pie si el aspirante a la gloria desea seguir subiendo en su carrera.

Ejemplos hay cientos, pero hoy implícitamente estoy hablando de Ginés Marín, un torero con magníficas cualidades para ser –como he dicho en varias ocasiones– “torero caro”, pues caro es su toreo, su clase y también su valor, pero que pareciera como si en ocasiones se le nublara la ambición quedándose en un plano secundario que en nada favorece a sus aspiraciones.

Llevo siguiendo su andadura desde antes de su apabullante debut con picadores en Olivenza y, como es natural, sigo su primera campaña americana. Es cierto que mis únicas fuentes de información, en lo que a América se refiere, son las crónicas y, fundamentalmente, las imágenes de vídeo a las que he podido acceder de cada actuación, y, una de dos, o los que de él escriben sobrevaloran lo que ha hecho, o los vídeos escogen secuencias que esconden lo mejor de sus actuaciones. En cualquier caso, hay una cosa clara: ni los resultados de Lima ni los de la plaza México apuntan a ese triunfo incontestable que todos desearíamos. Y no me estoy refiriendo a una cosa tan difícil como cortar las orejas o salir a hombros, lo digo porque ni en Acho con una corrida terciadísima –qué pena que se carguen lo que tanto ha costado conseguir–, aunque complicada de Camponuevo, ni en la Monumental de Insurgentes, con una mansada bien presentada de José Julián Llaguno, le he visto dar ese paso adelante que se espera y se exige de quien persigue ser figura del toreo. En Lima lo vi desconfiado, y en la México académico, aseado, pulcro, pero sin ponerse en ese sitio y con esa voluntad de querer arrollar; sin esa cara de perro de presa que le vi de novillero en Arnedo y en tantos otros sitios. Marín se ha quedado situado en ese “sí, pero…” ambiguo y restrictivo en el que se van al garete las ilusiones de torero y seguidores, de persistir en ella.

Sé que los toros no le han ayudado, pero hay ocasiones en que los toreros necesitan de un tirón de orejas que los sitúe en el plano de la realidad por más que ésta no les guste. Sirva este artículo para ello y para que José Cutiño –que me consta, me lee– le haga llegar al torero estas reflexiones que a buen seguro han de interesarle, aunque sea –ojalá– para rebatirlas vestido de luces.

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