RECUERDO DE VICENTE BARRERA

Diciembre lo trajo al mundo y diciembre se lo llevó cuarenta y nueve años después. Ahora, el próximo día 11, hará sesenta del fallecimiento de Vicente Barrera y Cambra, aquel torero valenciano que cabalgó, taurinamente hablando, por las dos orillas de nuestra Guerra Civil, primero en la denominada Edad de Plata del Toreo y luego en la época a la que puso nombre Manolete, donde, desfasado ya totalmente su toreo, se retiró definitivamente en 1945.

Barrera –abuelo del matador homónimo y corte amanoletado que pisó los ruedos en la última década del siglo XX y primera del XXI– llegó al toreo cuando la orfandad producida por la muerte de Manolo Granero atenazaba de tristeza a la afición valenciana, que buscaba inútilmente un heredero que fuese capaz de llenar el vacío dejado por el diestro muerto dos años antes en la plaza de Madrid. Precisamente, la tarde del debut de Barrera en el coso valenciano –7 de septiembre de 1924–, andaban los aficionados ilusionados con un novillero local llamado Ramón Siurana en quien creían ver un posible seguidor del rastro triunfal del pobre Granero. Y ocurrió lo que tantas veces: fueron a ver a Siurana y se encontraron con el triunfo incontestable de Barrera, al que sacaron a hombros y cedieron el testigo de posible candidato al puesto de Manuel.

Vicente Barrera adquirió enseguida fama como torero dominador haciendo una muy destacada etapa novilleril hasta su alternativa en septiembre de 1927. Esa temporada, que acabó encabezando el escalafón de novilleros con 44 paseíllos en dicha categoría y 16 más como matador de toros, fue particularmente fructífera para su carrera. Un día –25 de julio de aquel año–, emulando la gesta protagonizada por Guerrita el 19 de mayo de 1895, de matar tres corridas en un solo día –a las siete de la mañana, en San Fernando; a las once y media, en Jerez de la Frontera, y a las cinco y media de la tarde, en Sevilla–, hizo lo propio junto a Gitanillo de Triana, toreando por la mañana en San Fernando, por la tarde en Sevilla y por la noche en Córdoba. Las dos primeras novilladas fueron mano a mano y la última la torearon los dos muchachos con Cantimplas rematando el cartel.

Precisamente, en la novillada de Sevilla –segunda y última que toreó en dicha plaza– fue tal la acritud del público hacia Barrera, la “guasa mala” con que la afición sevillana lo trató, poco menos que riéndose de él –hasta llegaron a pedirle las orejas en plan de burla–, sin que en el ruedo hubiese ocurrido nada que justificase tal actitud, que Barrera, al término de su actuación, se sacudió el polvo de las zapatillas jurando no volver a torear más en La Maestranza, cosa que cumplió, dándose el caso de ser la única figura del toreo –durante su primera andadura siempre acabó colocado entre los cinco primeros toreros del escalafón– que pasó por la Fiesta sin torear con galón de alternativa en Sevilla.

Tampoco mató nunca una corrida de Miura. Al parecer, durante un tentadero en dicha ganadería, no le agradó la forma en que lo trataba el ganadero y se marchó de allí diciéndole que no le hacía falta matar sus toros para llegar a la meta. Y así lo hizo.

Vicente Barrera fue considerado unánimemente como un extraordinario lidiador. Su muleta era una especie de “varita mágica” con la que todo podía y todo resolvía. Pese a ser un torero “movido”, que sólo se paraba lo preciso para dar el pase al toro, y rápido al grado de mareante, su muleta llevaba en los vuelos la sabiduría más completa de los toreros dominadores. No obstante, los citados defectos, a los que se une su excesivo uso de la mano derecha, le granjearon gran número de detractores, que le atacaban, por encima de todo, por su deficiente forma de ejecutar la suerte suprema. Barrera fue muy mal matador. Sin embargo, hizo de la suerte de descabellar un arte de singularísimo acierto y a ella recurría muy a menudo para poner el adecuado colofón a sus faenas.

Retirado disfrutando de una desahogada posición económica, Vicente Barrera falleció, víctima de una enfermedad cerebral, el 11 de diciembre de 1956.

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