BRIGADAS INTERNACIONALES

Irradian entusiasmo. Hablas con ellos y te transmiten la pasión que les embarga. Son humildes, pues conocen sus limitaciones, pero están determinados a luchar contra ellas, por eso no dejan pasar la mínima oportunidad para rozarse con el toreo y sacar todo el provecho y conocimiento posible de la experiencia. Les da igual un museo, que un periódico, que un libro, que una foto, que un vídeo, que una charla y, naturalmente, asisten siempre que pueden a las plazas.

No tienen complejos. Proclaman con sosegado orgullo lo que aman, y el coste en esfuerzos lo dan por bien pagado sin importarles el sacrificio que se les exija. Acuden a la llamada del toro como un deber inexcusable sea donde sea siempre que esté al alcance de sus posibilidades. Son generosos y altruistas, y sintiéndolos vibrar no sólo se les toma cariño, sino que siente uno cómo en algún lugar del alma crece y se robustece la flor de la esperanza. Porque uno piensa que, mientras exista gente así, la fiesta de los toros no puede perecer.

Ninguno ha nacido en Triana ni en San Bernardo ni en Chamberí ni en el jerezano barrio de Santiago. Sus ojos se abrieron por primera vez al mundo muy lejos de España y siempre fuera del orbe taurino. No son sudamericanos ni franceses ni portugueses ni de ninguna tierra que se roce con el toro bravo. Sin embargo, sus destinos les llevaron un día a presenciar una corrida y eso les bastó para quedar impactados de por vida y dedicar sus ilusiones, sus ahorros y su fuerza vital a cultivar una afición que se les había metido en la sangre y la mente de modo irreversible.

Todos hicieron de España su tierra prometida. Todos han acudido a ella en busca del sol y de las duras arenas donde la lid se convierte en lidia y los hombres se visten de alamares para salir a ganarle la pelea a una muerte ennoblecida de bravura. Unos vinieron para quedarse, otros para irse y retornar en cuanto les fuera posible. Como mi amiga Vitaliana Exposito, italiana de cuna, que dentro de unos días emprenderá su vigésimo tercer viaje a España y que, a pesar de venir a Madrid, ya tiene proyectado irse cerca de Nimes para asistir a un tentadero con los alumnos de la Escuela Taurina de Barcelona. Como Niall, irlandés y afincado hará un lustro en Sanlúcar de Barrameda, que se buscó una profesora de español para que le tradujera un libro de pedagogía taurina con el que esperaba comprender mejor la fiesta que amaba. Como Corinna, alemana, también residente en Sanlúcar, que forma parte de la escuela de aficionados prácticos de la ciudad y que no pierde ocasión ni medios de empaparse de toros por todos los conductos: el pasado sábado, cogió su autobús y se desplazó a Jerez para ver al matador de toros Caro Gil impartir una clase de toreo de salón. Como su amiga y compatriota Doris, que firma sus escritos como Torodora Gorges, quien ha tenido la deferencia de hacerme llegar un libro de su autoría, apasionado y apasionante, sobre el torero de su predilección: Morante de la Puebla.

Estoy seguro de que cada lector de este escrito podrá aportar otros nombres de aficionados extranjeros que sientan el toreo con la misma afición y entrega que los aquí citados. Para mí, forman entre todos esas “brigadas internacionales” que, como aquellas que vinieron a dar su vida por la República española en su lucha contra el fascismo, defienden de palabra y obra en sus respectivos países o allá donde se encuentren los valores y grandeza de nuestras corridas de toros. Su labor es pues impagable. Y cuando te rozas con ellos, te aportan una auténtica inyección de moral; una inyección que para corazones un poco cansados como el mío de tanta sinrazón animalista supone un auténtico soplo de aire fresco vitalista y reconstituyente.

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