RETAZOS DE MEMORIA

Con el tercer aviso a punto de sonar para llevarse a este esquinado y cruel bisiesto, me sitúo frente al espejo de la memoria dispuesto a repasar lo que de artísticamente memorable me ha dejado la temporada 2016.

Voy a limitarme a un hecho por coleta, aunque haya casos, como el de Roca Rey, que tenga uno donde elegir dada la magnitud triunfal de su campaña y lo mucho y bueno que hay que anotarle de esta primera temporada completa como matador de toros. No obstante, y revoloteándome las remembranzas de Valencia, Madrid y Pamplona, entre otras, me quedo sin dudar con los naturales magníficos, armónicos, extensos y a la vez de tanta intensidad con que nos sorprendió a todos en Olivenza.

De asombro y sorpresa fueron igualmente los que inscribió Jiménez Fortes al toro de Torrealta en el blanco y picassiano anillo de La Malagueta cuando mediaba agosto. Y entre ambos, la quintaesencia del clasicismo y la pureza en la sublime tanda de naturales sentida, soñada y hecha realidad por José Tomás ante el cuvillo “Lanudo” en Jerez de la Frontera, cuando mayo desgranaba su primavera en flor.

El mes anterior –abril de faralaes y casetas–, Sevilla se conmovió ante la encastada y boyante bravura de “Cobradiezmos”, cuya entrega y condición dio sentido a la existencia del indulto: perdón naranja tantas veces desacreditado por abusos sensibleros y fuera de lugar. Ese mismo día, derrochó Paco Ureña ante otro victorino ese toreo de pecho por delante y asentada verdad, que a veces acude a la cita de la inspiración del torero lorquino. También a la sombra de la Giralda, Morante dejó el regusto y la hondura de una tanda de naturales, primero de frente, luego de medio pecho cerrando el compás, que me remiten a esa forma de salirse hacia fuera con el toro bordándolo como hace escaso tiempo en La México al astado que también cortó las orejas.

Con un junio de estreno, Manzanares cuajaba en Madrid el mejor toro de su carrera permitiéndome paladear al mejor Manzanares que he visto nunca. “Dalia”, de Victoriano del Río, fue un gran colaborador, pero el de Alicante estuvo sublime, inmenso y torerísimo. Destaca en mi memoria una serie de naturales impresionante por su plasticidad, relajo y cadencia.

Y de la lírica a la épica, aunque de las dos hubo a raudales en la artística y entregada comparecencia de Curro Díaz ante la dura y exigente corrida del Puerto de San Lorenzo en el otoño venteño. El arte de la entrega y la entrega del arte fluyeron al unísono por las muñecas y el corazón del diestro de Linares.

Compañero ese día lo fue José Garrido, del que me queda vivo en el recuerdo su actuación bilbaína con los de Torrestrella, el día en que se desinfló López Simón y a él le robaron la Puerta Grande. Magnífico su denuedo, tesón y valentía ante el musculado castaño al que cuajó, imponiéndose, de forma portentosa y escalofriante al natural.

Tampoco mitiga el olvido la huella del toreo en redondo de rodillas de Talavante en el toro al que cortó el rabo en Valladolid, el día de la corrida homenaje a Víctor Barrio. Ni la raza de Esplá después de su cogida en Arles en la corrida de su efímera reaparición.

Sin embargo, no quiero terminar estos retazos de recuerdos, sin consignar la tremenda emoción que me produjo la actuación en Sanlúcar de Barrameda de un torero modesto, de los que muchos dan por acabado y otros seguimos aspirando a verlo protagonizar un grato asombro. El acontecimiento ocurrió el pasado 2 de octubre, en una corrida de Domínguez Camacho con la que tomaba la alternativa Fran Gómez. En ella, Antonio Caro Gil se llevó la tarde de calle y, sobre todo en su segundo toro, dejó abiertas las puertas de la inspiración, de la pureza y torería que le asisten y esa personalidad que atesora y que –prenda rara en cualquier faceta del arte– le hizo elevar el toreo a cotas al alcance de muy pocos. ¡Y cómo disfrutó!

Quédense con el nombre, a lo mejor en este recién nacido 2017 nos da la sorpresa.

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