VALOR EN EL RUEDO, VALOR EN LOS TENDIDOS

Menos mal. Había cierto temor acerca de la respuesta de los aficionados bogotanos, en particular, y colombianos en general, para la corrida del pasado domingo, segunda de la denominada, y con razón, Feria de la Libertad. Había temor porque no era plato de gusto volver a tener que pasar por las tribulaciones que los aficionados tuvieron que soportar a la entrada y a la salida de la plaza en la vuelta de los toros a la Santa María de Bogotá.

Insultos, agresiones físicas y verbales, y un clima de amenazante inseguridad hicieron pasar un mal trago a muchos de los aficionados que acudieron hasta poner el “No hay billetes” en las taquillas de la plaza.

¿Qué iba a ocurrir en la segunda corrida programada? ¿Acudiría la gente o se echarían atrás por miedo a la violencia antitaurina? La cosa había sido tan grave que el propio alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, haciendo uso del sentido común y del sentido político, pese a su declarado antitaurinismo, prohibió las manifestaciones de los “anti” en los aledaños de la Santa María y prometió garantizar la entrada a la plaza de los espectadores con un despliegue policial y medidas de control que hicieran inviable lo ocurrido hace dos domingos.

Así y todo, tenía yo mis dudas de que la gente no se fuera a retraer de asistir a los toros permitiendo con ello otra victoria de la intolerancia y el matonismo de los censores taurófobos. Sin embargo, los hechos han venido a demostrar que mis temores eran infundados, porque el público acudió en masa y la Santa María registró otra magnífica entrada, con lleno en sus tendidos, aunque no se colgara el cartelito de la vez anterior. En esta ocasión, el valor no sólo estuvo en el ruedo, sino también en los tendidos. Valor y conciencia. Porque, como días antes había manifestado Felipe Negret –principal responsable de que los toros hayan vuelto al coso bogotano–, no sólo se dirimía una cuestión puramente taurina, sino que el asunto entraba de lleno en las competencias de la libertad de las personas. Nadie tiene derecho a prohibir a otros que ejerzan su libertad de asistir a un espectáculo absolutamente legal. Esa actitud autoritaria y fanática del animalismo está reñida con la tolerancia que debe presidir la convivencia en cualquier sistema democrático. No se pueden exigir derechos al tiempo de conculcar el derecho de los adversarios; esto es: no se pueden utilizar las reglas del juego a conveniencia, acogiéndose a ellas cuando interesa y negándoselas a los otros cuando conviene. No se trata, pues, de un debate entre toros sí o toros no; es algo mucho más profundo que afecta a las raíces mismas de la Democracia.

El pasado domingo, en la plaza Santa María de Bogotá, no sólo ganó el toreo, sino también la cordura, la justicia, la libertad y el Estado de derecho. Y hay que agradecer al alcalde no sólo las medidas tomadas contra los “anti”, sino el despliegue de fuerzas policiales –casi triplicaron las del domingo anterior– que garantizaron el derecho de aquellos que habían decidido ir a los toros, sin experimentar ningún sobresalto.

Ahora el sobresalto reside en la decisión que la Corte Constitucional habrá tomado el lunes (cuando escribo estas líneas) para garantizar o prohibir las corridas de toros en todo el territorio colombiano. Esperemos de nuevo que impere la cordura. Mientras tanto (ustedes ya sabrán el resultado de la decisión), no nos queda otra que pasar el trago. Vivimos un tiempo de sustos y así hay que aceptarlo y tomar como ejemplo a la afición bogotana que volvió a llenar los tendidos de su plaza, pese a los disturbios anteriores, con un claro mensaje: ¡Miles de colombianos queremos toros!

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