MUCHO MÁS QUE UN RECINTO

A Balañá comienzan a lloverle las verdades como escupitajos caídos del cielo. Le llaman vendido, traidor, cobarde y le hacen último responsable de prohibir los toros en Barcelona. Tal vez, aun asumiendo el revuelo suscitado por su negativa a ceder la plaza Monumental para dar espectáculos taurinos, cosa para la que fue creada, saque de la chequera la soberbia y diga que la plaza es suya y hace con ella lo que le da la gana.

Con las escrituras de propiedad y demás documentación en regla, la Ley lo avala. Su casa es la legítima propietaria de la Monumental desde hace setenta años; desde que el tronco de la dinastía, don Pedro Balañá Espinós, se la comprara a su anterior propietaria Rosario Seguimon. A la muerte de don Pedro, pasó a su hijo Pedro Balañá Forts quien comparte la vinculación a la plaza con sus hijos Pedro y María José Balañá Mombrú. Eso es lo que hay y como decía el otro, “en mi casa mando yo”.

Sin embargo, se equivoca quien detenga su discurso en este punto. Que la familia Balañá es dueña de la Monumental no lo discute nadie, pero que tal propiedad pueda confundirse con la de los muebles de su dormitorio o de los libros de su biblioteca es algo que cabe poner en tela de juicio. ¿Por qué?… Muy sencillo. Porque mientras los muebles o los libros son de su exclusivo uso personal o familiar, su plaza de toros forma parte del patrimonio histórico de un colectivo –la afición barcelonesa y no barcelonesa– que también tiene sus cosas que decir. Cosas que se fueron construyendo a lo largo y ancho de las más de mil corridas de toros y más de novecientas novilladas organizadas en Barcelona por el viejo don Pedro –¡Ay si levantara la cabeza!–, a partir de las cuales se fue creando un sentimiento, una pasión, una forma de entender la vida, que, aunque hoy choque con una posmodernidad colonizada por la cultura anglosajona, no ha periclitado ni ha perdido vigencia ni verdad.

La Monumental no sólo es un inmueble, es mucho más que un recinto. Es un templo que durante casi cien años albergó sueños, pasiones y esperanzas y que fue referente de máxima categoría del planeta taurino. Posee un alma que es pública, por muy privados que sean sus muros y dependencias; un alma que tiene repartidas sus acciones por los sentimientos de decenas de miles de barceloneses, por millones de aficionados a los toros, que moralmente exigen una satisfacción. De ahí, que la decisión de no ceder la plaza a nadie para que dé toros, siendo legalmente factible, es moralmente deplorable y un abuso por parte de su propietario, ya que no le asiste derecho alguno a tomar la cobarde decisión de impedir que los toros vuelvan a Barcelona. Si no quiere asumir el riesgo que ello conlleva, que deje el camino libre a quien quiera intentarlo; pero ponerse de tapón para impedirlo es tomar partido por los censores de la Fiesta; es –ellos que tanto le deben al toreo– ponerse al lado de los enemigos. Y eso, en Andalucía y en Cataluña, en el Puente de Triana y en el Paralelo, se llama TRAICIÓN.

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