DE CASTA Y ORO Y…

Cuando escribo estas líneas, acaba de terminar la segunda corrida de las Fallas de Valencia. Una tarde en la que la hombría de los diestros ha vuelto a dejarnos el mensaje de que el toreo y los toreros frisan la frontera de lo mágico, de lo épico, de lo heroico. En ella se reintegraba al toreo, después de la gravísima cornada sufrida el pasado 25 de junio en Alicante, Manuel Escribano. Estuvo a punto en ella de perder la vida y le tocaba el momento de demostrar que seguía siendo útil para la profesión después del calvario pasado para recuperar la pierna herida. El público se lo reconoció al término del paseíllo sacándolo a saludar y sus compañeros negándose a compartir con él una ovación que a él sólo iba destinada.

Salió el tercer toro, “Hostelero” de nombre, y con él en el ruedo volvió a ponerse en marcha el reloj torero de Escribano. Tenía por delante muchas dudas que despejar y otras tantas cosas que demostrar y demostrarse. No perdió tiempo y su reencuentro con el toro fue dibujarle una larga cambiada de rodillas. Con las verónicas, demostró que el temple tampoco lo había perdido, ni su entrega en banderillas. En el último tercio, el toro colaboró sin ponerlo en aprietos, pero con el defecto de venirse a menos y abortar la posibilidad del triunfo. Quedaba por ver las secuelas anímicas que había dejado en él el percance en la suerte suprema y lo resolvió satisfactoriamente, pues si de primeras pinchó sin pasar, la estocada que siguió fue ejecutada con gran perfección y entrega.

El sexto no se lo puso tan fácil, máxime cuando en el cuarto había, de nuevo, visto brotar la sangre torera. Esta vez del muslo derecho de Padilla, que, pleno de autenticidad y arrojo, sufrió una escalofriante cogida, cuyo cruento resultado bien puede calificarse de afortunado en vista de lo que le pudo ocurrir. Como asumiendo la magnífica lección de pundonor del torero jerezano, que no pasó a la enfermería hasta haber paseado la oreja de su oponente, Escribano puso sus cartas credenciales al alcance de los desconfiados yéndose a portagayola con ese proverbial mensaje de “Decíamos ayer…” A diferencia del tercero, este montado y bravucón sexto no dio facilidades y lo comprometió hasta en el tercio de banderillas que Escribano resolvió lucidamente. Era una prueba de fuego que había que pasar y el torero de Gerena lo hizo, aunque se le notara cansado y falto de ese ritmo que da el torear en las plazas. Aquí sí que se fue a la primera tras el acero para rubricar con bien la corrida de su reaparición y de su estreno de poderdante con Raúl Gracia, El Tato.

Esta segunda de Fallas fue una tarde a la que Padilla y Escribano vistieron de casta y oro y… a la que el regusto, el arte y el sentimiento torero de Curro Díaz puso, en su faena al quinto –premiada con oreja– el contrapunto lírico que la completaba haciendo que, a la emoción del riesgo, se uniera el deleite estético. Resumiendo: en esta corrida hubo toreo para sentir, pundonor para admirar y arte para paladear. Bienvenido Escribano en su vuelta a los ruedos, gloria a Padilla en su enésima demostración de vergüenza torera y congratularnos de que Curro Díaz parece transitar por la misma alameda de torería y buen gusto que el pasado año. Y Sevilla sin enterarse.

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