LA CONTRACRÓNICA

Confundir la defensa de la Fiesta con la consigna de “Todo el mundo es bueno” es lo peor que le puede pasar a ésta y a la propia crítica taurina, si es que puede seguir llamándose así a la colección de panegíricos que pasan por ella, cuando no –en el otro extremo– al antitaurinismo solapado de cronistas como Antonio Lorca.

Acabo de ver por televisión la penúltima corrida de toros de la feria de Olivenza: un infumable encierro del hierro de Zalduendo que, a excepción hecha de un cuarto toro exhibidor de la mínima casta necesaria para poder elevar la emoción a los tendidos, fue un conjunto descastado de mansos, pajunos, con nobleza degenerada en tontera, generadores de insufrible aburrimiento. Quien no vea el peligro que este tipo de toros –de generalizarse– tienen para el toreo está contribuyendo a potenciar la caída de la fiesta brava por falta del elemento básico sobre la que se sustenta. Con ellos, el toreo se va al garete sin necesidad del concurso de los antitaurinos.

 La torearon un diestro veterano –Miguel Ángel Perera– y dos de los ahora llamados “emergentes” –José Garrido y Ginés Marín–, con el resultado final de salir Perera y Marín a hombros y por su pie y con una sola oreja conseguida Garrido. Esto sólo significa que una mayoría de público quiso premiarlos y se consideraron contentos con lo visto en el ruedo, pero el cronista debe situarse al margen de estas adhesiones, a veces partidistas, triunfalistas otras, y analizar cómo estuvieron realmente los toreros.

Si nos dejamos llevar por el incensario de frases laudatorias de los comentaristas, en Olivenza –y en cada tarde de retransmisión– se vivió una magnífica mañana de toros, los toreros estuvieron muy bien y todos salieron contentísimos con lo ocurrido, salvo por la lluvia que incomodó a unos y a otros. Sin embargo, eso no refleja lo que en verdad ocurrió. Y lo peor del caso es que la falta de crítica –crítica constructiva siempre– redunda en el adocenamiento y conformismo de unos diestros que tienen capacidad para que se les exija más.

A Perera, por ejemplo, debe afeársele su toreo escondido, girando más de la cuenta y escondiendo la pierna de salida, lo que adultera el toreo y le hace perder enteros en la bolsa del aficionado. Y no me vengan con que eso es necesario para ligar, pues desde que Manolete impuso la ligazón se ha practicado ésta sin tener que recurrir a tales ventajas. Miren en el espejo de José Tomás los que quieran saber de lo que hablo.

A Garrido lo veo un poquito subido de tono, como creidito por lo realizado en la anterior campaña. En su primero, un tontimanso imposible, enfadó al público por su querer machacar en hierro frío. No había nada que hacer y debería haber abreviado, pero hizo caso omiso de las protestas y siguió erre que ere como si la razón estuviera de su parte. Sepa el buen torero que el toreo exige una continua cura de humildad y el propósito de progresar en el arte, de lo contrario, Garrido puede quedar preso entre las garras de la vulgaridad más absoluta, pues a eso tiende. Que no lo olvide.

Tampoco el lote de Ginés Marín propiciaba el triunfo, pero en vez de encontrarme con el torero que se maldice de su mala suerte y pone toda la carne en el asador, me topé con un rostro resignado, lánguido, dispuesto a conformarse con sus buenas formas –todos sabemos la clase que tiene su toreo– sin que su actitud demostrara en forma alguna su “hambre” de abrirse camino en el escalafón. Cuidado, Ginés.

 Además de lo bueno que cada uno hizo, estas cosas hay que decirlas aunque sólo sea para que no se apoltronen y pierdan la perspectiva de que están en una carrera de obstáculos y que quien se duerme se despierta postergado y sin opciones de llegar a la meta. La crítica siempre incentivó a los toreros y es más necesario que nunca que siga cumpliendo su función.

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