PIDIENDO PASO

Ardieron las fallas. Valencia, un año más, se vistió de fiesta y oro para dejarnos la primera feria en plaza de primera de la temporada. Si hay que comenzar por lo malo, dejemos consignado el escaso fondo de los toros lidiados. Encierros con todos los males y pesadumbres del toro moderno: nobleza suma, pero unida a una falta de casta y de duración verdaderamente frustrantes, salvo la de Garcigrande que cerró ciclo. Contadas fueron las reses que tuvieron empuje para soportar más de un par de tandas, lo que las convierte en material idóneo para que los apoltronados toreros veteranos duren veinte años más, pero nefasto para que la ilusión pueble los tendidos y las nuevas monteras que vienen pegando puedan desarrollar sus atrevidas tauromaquias.

Aun así, algunas lo lograron. Particularmente, Roca Rey, cuyas secuelas del percance de Andújar no le impidieron brillar muy por encima de su lote y encandilar al público que había abarrotado la plaza para verle –el gran y único “No hay billetes” de la feria– con la autenticidad de su toreo y sus indiscutibles ganas de ser. Fue una lástima que su segundo toro –al que había formado un auténtico lío con el capote en un quite rematado a una mano con tres largos y limpios naturales y la brionesa a guisa de pase de pecho– no le durara más que dos tandas, porque la calidad que atesoraba el toro y el templado acople de que había hecho gala el torero presagiaban una faena de cante grande, abortada por la aplomada actitud del bovino. La espada viajó letal y para él fue –premio global a su actuación de toda la tarde– la oreja que le permitía abrir la puerta grande.

También la abrió merecidamente Ginés Marín, aunque su faena al primer juampedro, limitada por voluntad del torero al exclusivo registro de lo clásico, le faltó el remate final de adornos –por excelente que sea una carne siempre la mejora una buena guarnición– que, de viajar el acero como viajó, le hubiera puesto en sus manos las dos orejas del burel. Con el más parado y bobalicón quinto, sin renunciar a su concepto, sí tiró de alardes y fueron las bernadinas finales junto con la estocada las que pusieron en sus manos el trofeo que le permitió salir en hombros.

Completa mi particular podio un novillero al que no conocía y que me ha dejado enormes ganas de volver a ver. Se trata de Diego Carretero, que, aunque por poquito no abrió la puerta grande, nos dejó algo mucho más importante: el poso de estar ante un chaval que une su sentir torero a la pureza, que pauta su sentimiento con el goce del temple y que atesora ese valor seco que no necesita del aspaviento ni la grandilocuencia para imponer su verdad. Tuvo en contra el viento, el piso de plaza, que era un barrizal, el ambiente antitaurino de la meteorología y la falta de repetición de los nobles novillos de El Parralejo, pero todo lo superó con creces. Hay que apuntar su nombre y estar atentos a sus actuaciones. El 26 de marzo y el 30 de mayo está anunciado en Madrid.

De las actuaciones de Santa Claus en el palco presidencial no opino. Regaló una oreja de más a Perera, otra a El Juli, decretó una vuelta al ruedo absurda al cuarto toro de Garcigrande y ya metido en faena y con el listón en el zócalo concedió el indulto que pedía el triunfalismo al sexto. Convirtió el Día de San José una tarde de Reyes. Es lo que hay. Si no se sube más al palco, mejor para la Fiesta y para la seriedad del toreo, aunque eso contrarie a Simón Casas. De lo contrario, peor para todos.

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