UN BORRADOR PARA BORRAR

Decía Antonio Machado, por boca de su Juan de Mairena, que “no basta mover para renovar. Que no basta renovar para mejorar y que no hay nada que sea absolutamente “impeorable.” Vienen bien estas advertencias a tenor de la alarma que ha producido en el sector taurino el borrador de Reglamento de Espectáculos Taurinos de Navarra, cuya lectura produce la impresión –en lo que a espectáculos de lidia se refiere– de que la desregulación ha llegado por fin a la fiesta de los toros, ya que, en lo que a organización de este tipo de espectáculos atañe, confiere a la empresa organizadora una especie de atribuciones plenipotenciarias en dejación del papel que la Administración debería jugar en la misma; papel que se reduce a establecer el marco legal pertinente para que dichos espectáculos se lleven a cabo.

No queda claro el motivo para esta dejación de funciones exclusivamente en manos de la empresa –no se tiene para nada en cuenta al resto de estamentos que componen el mundo del toreo–, pero es evidente que cuando en su artículo 27 establece que el espectáculo, previo el correspondiente anuncio, “se desarrollará en la forma que decida la empresa organizadora” o en el artículo 13 dice que “La empresa organizadora asume la responsabilidad de contratar a los profesionales taurinos que resulten necesarios, atendiendo a su número y categoría profesional”, se está dando al empresario la posibilidad de modificar a voluntad la propia estructura de la corrida, en el primer caso, y de borrar de un plumazo el propio concepto de cuadrilla, en el segundo.

Miedo me da el uso que el oportunismo de estas medidas brindaría a esa rehala de tunantes y chorizos que pululan por las sentinas de la Fiesta para organizar corridas con un par de picadores y otros tantos banderilleros a fin de ahorrar gastos. Banderilleros y picadores que, por descontado, pondrían ellos como infraasalariados suyos y no los matadores actuantes.

Ligado al primer caso, preocupa también que bajo ningún concepto se hable de tercios, sino de fases: “fase de varas”, “fase de banderillas” y “fase de muerte”, algunas de las cuales y al amparo del mencionado artículo 13 el empresario podría hacer desaparecer. Tampoco habla de avisos, sino de que, si a los cinco minutos de haber entrado por vez primera a matar la res continuara viva, sería devuelta a los corrales o apuntillada.

En el orden de las omisiones, también las hay clamorosas. Por ejemplo, nada dice del peso de las reses a lidiar en las corridas de toros, aunque sí se habla del máximo que podrían pesar los novillos con picadores, que establece en 500 kg en vivo, 475 al arrastre o 315 kg en canal, cosa que tampoco parece muy coherente, ya que a dicho peso en canal correspondería un peso en vivo de 525 kg. y no 500 como se establece por otra parte. Tampoco se especifica, en caso de cogida de un torero, qué otro espada de la terna deberá sustituirlo para acabar con el animal ni, si esto ocurriese en el primer toro de su lote, a qué compañero de cartel corresponderá matar al toro restante.

Sí se permite –¡que Dios nos coja confesados!– la manipulación de las astas, siempre que se advierta de tal circunstancia en el cartel anunciador del espectáculo. Y también la lidia de “aquellas reses que, presentando algún defecto, sean declaradas aptas para la lidia, siempre que se incluya en el cartel anunciador del espectáculo: “Reses defectuosas””. ¿Le estamos abriendo así la puerta de entrada a las reses tuertas y mogonas? Todo parece indicar que sí.

Lo cierto es que el citado borrador ha encendido el pilotito de alarma en los medios taurinos, que ven con preocupación cómo se ha avanzado en el proceso de su aprobación sin contar con el mínimo consenso del sector.

Habrá que estar muy pendiente para ver qué se deriva de todo este desgraciado proyecto.

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