ADRIÁN

El sábado nos golpeaba la noticia. Adrián, el niño que padecía sarcoma de Ewing, el que soñaba con crecer para hacerse torero, había dejado de existir víctima del cáncer que lo minaba. Tenía sólo ocho añitos, con la inocencia asomada a sus ojos limpios y a su sonrisa triste. Ya no podrá cumplir sus sueños; pero con él se ha llevado aquellas inolvidables e irrepetibles vivencias del día más luminoso de su corta vida: aquel 8 de octubre del pasado año, cuando fue protagonista principal del festival taurino que a su beneficio se celebró en la plaza de toros de Valencia.

Aunque no toreó, pudo hacer realidad algunos de sus sueños infantiles, que convirtieron la luminosa tarde en un auténtico cuento de hadas. Pudo hacer el paseíllo, cruzar el ruedo valenciano cortejado por un septeto de toreros y envuelto en una nube de cámaras y fotógrafos, como si fuera una auténtica figura del toreo. Pudo saludar con el sombrero de Rafaelillo alzado en brindis al palco presidencial y a toda la concurrencia que se había dado cita en el coso. Gozó de los aplausos compartidos con los toreros en las vueltas al ruedo, algunas llevando las orejas que tantas veces había soñado cortar cuando fuera grande y superara su enfermedad. Y como un triunfador, salió por la puerta grande a hombros nada menos que de Ginés Marín, el matador de toros máximo triunfador del festival que había cortado las orejas y el rabo de su colaborador oponente.

Fue una jornada inolvidable aquella; tarde en la que el toreo arrimaba a Adrián ese rescoldo de felicidad que la vida cruelmente le negaba. Este año, su ausencia en las corridas de Fallas no hacía presagiar nada bueno. Echado en falta por sus amigos, los toreros, y por la afición de su tierra, las noticias que llegaban sobre su calvario hablaban de su delicado estado de salud. Y todos pensábamos lo mismo: muy mal debe andar la criatura, cuando no puede acercarse a la plaza a disfrutar de aquello que colmaba sus ilusiones, cuando no puede apurar otro poquito del cariño que toreros y público a buen seguro iban a dispensarle.

Se cumplieron los augurios. Y el pasado sábado Adrián descansó. Por el balcón abierto de su alma, cabrilleará un añorado traje de alamares. Y en Las Ventas, el Domingo de Ramos estrenó en su honor un respetuoso minuto de silencio. Era tan sólo un crío, pero todos lo sentíamos como uno de los nuestros.

Ese “todos” se entiende referido a quienes integramos el planeta taurino. Porque, aunque Adrián no se enteró, hubo hienas que le desearon lo peor, como una harpía sin entrañas llamada Aizpea Etxezarraga, que pedía que se muriera ya o una mala fiera como el tal Manuel Ollero, que juzgaba como “gasto más innecesario” el empleado para la recuperación de Adrián. Y todo porque quería ser torero, porque amaba este mundo extraño, maravilloso y único que es el de los toros. Hay que tener mucho veneno en la mente y un corazón de buitre para hablar así de un chiquillo de ocho años, herido por una enfermedad incurable. Igual ahora que la muerte ha recogido a Adrián, se dan cuenta de la atrocidad de sus palabras y deseos. Si no lo hacen es que todavía son más escoria de lo que evidenciaron con sus frases de odio. En cualquier caso, me dan pie a reafirmarme en lo que siempre he pensado: que tras el pretendido amor a los animales, el animalismo sólo encierra un visceral odio al ser humano. Son unos auténticos traidores a la especie. Menos mal que Adrián se ha ido sin tener siquiera noción de su existencia. Descanse en paz.

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