LA PRIMERA, EN LA FRENTE

Domingo de Resurrección en Sevilla. Día de toros. Primavera en el cielo. Azahar en el aire. Ambientazo. Máxima expectación. Cartel de “No hay billetes” exhibido con holgura. Gente buscando entradas para comprar. Reventa buscando lo mismo para vender. Cartelazo rematado. Plaza de punta en blanco. Maravilla.

Incomprensible demora en el paseíllo, con los caballos de los alguacilillos convirtiendo el ruedo en un improvisado picadero a fuerza de ir y venir dando vueltas del portón de cuadrillas a la presidencia y viceversa. Por fin salen los toreros. Al final del desfile –plaza puesta en pie–, se guarda un minuto de silencio. Manolo Cortés y el niño Adrián vuelan por el recuerdo. De un tendido se despliega una pancarta: “Catalunya es taurina”, el público al unísono le responde con una cerrada ovación. Suenan los clarines. Sale el primer toro, bonito, terciadito, lustroso…

A partir de aquí, se torció la corrida para que, paulatinamente, el viento del desencanto se fuera aposentando bajo los aires que pintara Velázquez. Tan sólo un espejismo: la faena de Manzanares al toro quinto, la única en que sonó la música y el único toro aplaudido, aunque con levedad, en el arrastre y de la que el torero perdió la oreja por –cosa rara en él– pinchar antes de la estocada. El resto fueron cinco capítulos con final desilusionado.

Culpables del chasco, de la decepción que hacía cumplir el dicho, fueron los toros de Núñez del Cuvillo, que defraudaron totalmente lo que se viene esperando de ellos. Porque las reses del ganadero jerezano, saliendo malas o buenas, siempre han propiciado que en el ruedo “pasen cosas” –de ahí que fuesen durante mucho tiempo las preferidas de José Tomás–, pero en esta ocasión, salieron mortecinas, pajunas, mansonas y aburridoras; astados rajaditos, como el primero, o tirando a burros, como el último, que a eso degeneró después de haber sufrido una costalada que lo mermó mucho. En definitiva: fracaso ganadero que pesó como una losa sobre el devenir de la tarde, sintetizado en la fuerte pitada que acompañó los restos del último de la suelta.

De la terna –que estuvo por encima de sus respectivos lotes–, podemos contabilizar detalles, chispazos, como guiños de sol entre las nubes. Entre ellos, se me vienen primero a la mente los dos pasajes de competencia con dos réplicas de quites: una de Manzanares a Roca Rey, en el segundo toro, y otra de éste a Morante en el tercero. Del perfume de torería que, en pequeñas dosis exhaló el de la Puebla, me quedo con los tres lances a pies juntos y la media cargando la suerte que instrumentó en el quite al melocotón de Roca, contestado por éste con tres saltilleras cambiando el viaje y otras tres gaoneras abrochadas con revolera, que pusieron la plaza a hervir. También Manzanares, en el toro anterior, y tras un quite por chicuelinas del torero limeño, se “acordó” de su padre y entusiasmó a las gentes con otra ración de chicuelinas arrebatadas y de manos bajas.

Hubo cosas de Morante en el cuarto, pases hilvanados con hilo fino; la ya mencionada faena de Manzanares en el quinto, única con entidad para haber paseado trofeo en el único astado que sirvió, y las ganas incontestables de Roca Rey. Lo intentó todo y hasta se jugó el físico echándole las rodillas al suelo para torear por verónicas al último, pese a que se acostaba algo por los dos lados. Estuvo por encima de su lote, aunque capté cierto atisbo de contrariedad en esos sectores de aficionados a la violeta “que no van a la plaza a sufrir” y que en Sevilla los sigue habiendo a manojitos.

Eso fue todo. Poca cosa para una tarde de tanto relumbrón y tanta expectativa. Como decía uno al salir de la plaza: la primera, en la frente.

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