MIGUEL HERNÁNDEZ, UN TESTIMONIO INCÓMODO

El 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos, moría Miguel Hernández en el recinto carcelario del Reformatorio de Adultos de Alicante. La pasada semana se cumplieron, pues, setenta y cinco años de la irreparable pérdida de uno de los poetas españoles más insignes del siglo XX.

Con su alma de pastor y jornalero saliéndole por los puntos de su pluma, convirtió sus versos en balas y sus poemas en obuses cuando llegó la hora de defender a la República del alzamiento de los generales golpistas. Su voz y su palabra se dejaron sentir en las trincheras y el huracán de pueblo que aventaba su sangre comunista y marxista sopló inclemente sobre las injusticias y cantó, arrebatada, las hazañas de quienes defendieron al pueblo de las cadenas que se cernían sobre su porvenir.

Pero, además, Miguel Hernández –como explicita en la despedida de una carta fechada en Puertollano, en marzo de 1936, dirigida a su amigo José María de Cossío– era taurino; taurino confeso. Así le dice: “Le abraza afectuosamente su taurino y gran amigo. Miguel.” Así se despide de Cossío, con quien trabajó duramente en la confección de la enciclopedia Los Toros, publicada por Espasa Calpe. Como hombre rural, amamantado de campos y de mieses, Miguel Hernández amaba el toreo y admiraba a los hombres de luces, a los que llegó a transportar a la categoría de personajes en su obra teatral “El torero más valiente”. También sentía ese respeto extraño, esa fascinación, que el toro de lidia promueve entre los que lo conocen y saben de su fuerza, de su potencia, de su brava nobleza. Tanto es así que no dudó convertirlo en metáfora del pueblo alzado contra la violencia y la injusticia, en aquel poema recogido en “El hombre acecha” y titulado “Llamo al toro de España”, cuyos versos podríamos utilizar ahora de manera literal en defensa del toro y de su lidia; de ese toro que, según sus palabras, es “en España más toro, toro, que en otras partes”; ese toro al que evoca pidiendo: “No te van a castrar: no dejarás que llegue/ hasta tus atributos de varón abundante/ esa mano felina que pretende arrancártelos…”

Taurino y comunista, campesino y soldado, comprometido con la causa del pueblo y amante del toreo, todo ello era Miguel sin que existiera en su persona el mínimo rasgo de contradicción; de ese espíritu contradictorio que ahora quieren crear los burguesitos universitarios que consienten castrar a perros y gatitos, mientras se sienten moernos prohibiendo que se les corte el rabo; de los que censuraban a “la casta” y han dejado de hacerlo en cuanto sintieron en el culo el roce mullido de los escaños parlamentarios.

Tanto a ellos como al resto de antitaurinos, plantémosle cara y descerrajémosles nuestras razones, nuestros argumentos. No retrocedamos si no es, como el toro, “para escarbar sangre y furia en la arena.” Y clamemos, desde los versos de ese testimonio incómodo que es para ellos Miguel Hernández, haciéndonos oír: “Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate./ Levanta, toro: truena, toro, abalánzate./ Atorbellínate, toro: revuélvete./ Sálvate, denso toro de la emoción y de España./ Sálvate.”

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