BUENA TARDE DE CASTELLA Y GRAN FAENA DE TALAVANTE

San Isidro, 8ª corrida. El toro era áspero y se movía mucho; tenía la bravura medida, solo dos embestidas completas por el pitón derecho y tres por el izquierdo, al siguiente pase punteaba o derrotaba. Talavante lo caló con dos pases por bajo y se puso a torear por naturales. Y el toro se templó. Y los naturales fueron cada vez más hondos, más ceñidos, más elegantes. Y el torero ritmó las series de muletazos con señoriales pausas que aliviaban al toro. Y el toreo fue tan grande que puso a la plaza en pie. Faenón: faena de arte, de destreza, de valor. Mató al toro de una gran estocada.

Se pidieron dos orejas, pero el presidente concedió una cuando casi arrastraban al toro. Un cretino.

Lo de Castella fue raro. Atronaron los oles en su primera faena, pero ésta perdió tensión cuando la alargó toreando por el pitón malo, el izquierdo. Mató bien y una faena de oreja, si hubiera sido más corta, acabo en nada. Con su segundo, incómodo, que derrotaba por los dos pitones, se le vio suficiente. También mató bien, así como al último toro de la tarde, que cogió a Javier Jiménez. Una buena actuación no evaluada por un público harto de su propia esquizofrenia.

Al joven Javier Jiménez no se le pudo ver. Su primer toro, deslucido, no lo permitió, y su segundo lo cogió gravemente a principios de faena en un inesperado derrote.

Fracasó la ganadería de Puerto de San Lorenzo. Sus toros no tenían los kilos ni los cuernos exigidos en Madrid. Triunfaron dos sobreros, el de Buenavista, bravo y con clase, lidiado en primer lugar, y el de Conde de Mayalde, primero bravucón y luego bravo y elegante cuando lo templó Talavante. Antes se había devuelto otro sobrero, de Torrealta.

Las cosas empiezan a estar claras: en Madrid, toros con más de 550 kilos y muchos cuernos, y faenas menos voluntariosas, mejores y más cortas.

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