COMENZÓ SAN ISIDRO

Se dio el pistoletazo de salida a la septuagésima primera feria de San Isidro, aquella que en 1947 se sacara de la chistera un abogado descendiente de los flamencos que fundaran en Madrid, por expreso deseo de Felipe V, la Real Fábrica de Tapices, llamado Livinio Stuyck, gerente entonces hacía un año de la Nueva Empresa de Toros de Madrid S. A.

El de este año inaugura la “era Casas”, pues del magín del autodenominado “productor” francés sale elaborado el grueso de la prolija cartelería que ofrece meternos entre pecho y espalda nada menos que treinta y dos días consecutivos de toros y toreros; hartazgo programado con la bendición del marketing en el que tendrá lugar y desarrollo toda la variada gama de la meteorología taurina, incluidas las tardes borrascosas, el trueno de las broncas, el compás de las palmas de tango, el silbido de los pitos y el viento, invitado seguro a tan largo serial. Esperemos que también nos acompañen el sol de las ovaciones, la nieve de la concesión de orejas y el arco iris triunfal de la salida a hombros, meteoros tradicionalmente más escasos que el de las cajas destempladas, los malos humos y las reconvenciones a voz en grito, tan allegados con el largo serial ofrecido en nombre del Santo Patrón.

Cuando escribo estas líneas se ha celebrado la primera etapa del ciclo –tres corridas de toros–, anteriores a la primera división que intercalan en ellas las corridas de rejones. Dos han sido, por el momento, las novedades más destacadas del ferial. La primera es de carácter técnico, al suprimir ese parteaguas en forma de cúspide que suponía la acusada pendiente del piso plaza de Las Ventas. Ahora se ha rebajado el peralte del ruedo y se ha podido apreciar claramente las ventajas de la medida, particularmente en el tercio de banderillas, porque el rebaje ha permitido dejar los toros puestos en suerte en terrenos más abiertos –más fuera de la segunda raya–, donde antes, interpuesta la línea divisoria de la pendiente, hubiera sido imposible banderillear. La segunda –y hagamos votos para que en lo sucesivo se mantenga– atañe a la rebaja del peso de los toros, pues, aunque haya habido algún zambombo en torno a los seiscientos kilos, la tónica general de las corridas lidiadas ha sido de astados con pesos ideales para embestir –otra cosa es que lo hayan hecho o no–, en demostración de que el trapío y la romana no tiene que ir aparejados.

Del resultado artístico, poco bueno hay que decir, pues la única oreja cortada hasta el momento –la consiguió Morenito de Aranda ante la impresionante mole de “Cetrero”, el cinqueño burraco de El Ventorrillo– habla más de la buena sintonía existente entre el diestro burgalés y el público venteño que de los méritos contraídos en la arena. Es verdad que, en general, los diestros han estado por encima de los toros, porque el balance de las tres corridas lidiadas ha sido más negativo que otra cosa, aunque haya salido algún toro suelto con posibilidades, tampoco acabadas de aprovechar por los maestros. Muy voluntarioso y firme Román, lo mismo que el arrebatado y apresurado Garrido; detalles de calidad en Urdiales; una faenita sin remate de Javier Jiménez, que parece alzar el pie del acelerador cuando más falta le hace apretarlo y, en lo negativo, los tres avisos que escuchó David Mora, que “decidió” rememorar lo ocurrido a Rafael Ortega, Gallito, en el primer San Isidro de la historia, y sobre todo, la mala suerte –parece que lo ha mirado un tuerto– de David Galván, que resultó con el codo izquierdo fracturado tras la voltereta que le propinó un toro de La Quinta, sin duda el de más “guasa” de los lidiados hasta el momento.

Comments are closed