DOS TRIUNFADORES DOS

Terminó la Feria de Sevilla. En su cuadro de honor, figuran dos nombres que han brillado con una magnitud esplendorosa muy por encima del resto, sin echar en olvido los excelsos naturales de Pepe Moral a su segundo toro de Miura. Estos son: Andrés Roca Rey y Antonio Ferrera. Ahí quedan ambos: un torero novísimo que aún no ha cumplido dos años de doctorado y un veterano con veinte temporadas luciendo galón de alternativa; un chaval con toda el hambre torera del mundo y un hombre curtido en mil batallas capaz de conjugar como pocos las claves de la épica y la lírica.

Roca Rey llegó como un ciclón. Tal fue la potencia de su soplo que anuló el ventarrón que ese día despeinaba La Maestranza. Yéndose a los medios con el valor por escudo de armas, con el temple brotando de sus muñecas y esa mano baja dominadora capaz de hacer vibrar los tendidos como ningún otro diestro ha conseguido en el ciclo, formó un auténtico alboroto ante la mole sobrera de “Soleares” para rubricar con su certera espada la única faena con vitola de dos orejas que se ha realizado en las corridas abrileñas. Ante su segundo, en la punta del acero tuvo el abrirse de par en par la Puerta del Príncipe, pero en esa ocasión, las espadas pintaron bastos y todo se quedó en un sueño incompleto; mas un sueño que alumbra una realidad incontestable: toreando de esa forma, con la autenticidad que posee y la afición que lo alimenta, la Puerta del Príncipe no tardará en caer. Por lo pronto, lo que sí ha abierto de par en par es el corazón de la exigente afición sevillana, que lo ha acogido como lo que es: un torero cabal con una entrega absoluta y unas perspectivas de futuro impresionantes.

Lo de Ferrera también tuvo una enjundia especial. Después de su lección de bizarría y capacidad ante la corrida de Victorino –ya comentadas en un artículo anterior–, repitió paseíllo el sábado de feria con la corrida de El Pilar para pulsar las teclas de la sensibilidad. Si en la de Victorino fue la épica, aquí las musas bendijeron su lírica. Pena que ese toro quinto, al que había cuajado de manera excepcional con el capote, se partiera la mano en banderillas. Todos nos quedamos con la miel en los labios, porque con la calidad evidenciada por el toro, sobre todo por el pitón izquierdo, y el momento de azúcar que atraviesa Ferrera, el barrunto de la faena grande, artística, inspirada e imprevisible impregnaba como una promesa nuestros corazones. No pudo ser. Pero salió el sobrero, un toro distinto, con otras claves y otras exigencias. Sin embargo, Ferrera está en un momento culminante de torería, inspiración y claridad de ideas. Y de algo más importante aún: sentimiento. Ese sentimiento que convierte todo lo que hace en espiritual, situando al torero en los antípodas del insulso pegapases. Con un toro vulgar, convirtió su faena en una obra de arte, medida, reposada, limpia y plena de inspiración. Lástima que el acero estuviera destemplado; pero aun así, la imagen que Ferrera deja tras su paso por Sevilla lo convierte en uno de los toreros más interesantes y dignos de verse de los que hoy figuran en el escalafón.

Roca Rey y Antonio Ferrera. Dos toreros. Dos triunfadores. Dos nombres para el recuerdo. Dos pasiones toreras desatadas. Dos figuras para seguir muy en corto. Dentro de nada les llegará Madrid, ojalá Doña Fortuna bendiga su andadura venteña. Al toreo le hacen falta toreros como ellos.

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