EL MAESTRO Y SUS DISCÍPULOS

San Isidro, 12ª corrida. El Juli es el maestro por antonomasia. Tiene una virtud cardinal que no se puede copiar: la inteligencia. A ella se unen otras cualidades de alto rango: el valor, el arte, la voluntad y el amor propio. Mezclen ustedes todas ellas y vivan una experiencia casi inencontrable: el toreo de la sabiduría.

El Juli se lo regaló a Madrid frente a dos toros de complicadas embestidas. La afición disfrutó deslumbrada; los del 7, no. Peor para ellos, el Maestro los puso en evidencia. No voy a detallar sus dos faenas. Baste decir que al peligro opuso valor; a las díscolas embestidas, maestría; a la astucia de los toros, el regusto del arte. A su primero, le cortó una oreja, que para mi debieron ser dos; a su segundo, un pinchazo le privó de trofeo. No importa, la verdadera excelencia está por encima de los premios.

Confirmaban su alternativa Álvaro Lorenzo y Ginés Marín. Ambos dieron una buena tarde de toros, y Marín fue el primer espada que sale, esta feria, por la Puerta Grande. Lo hizo gracias a una inmensa faena, plena de inspiración, en la que sobresalió el toreo fundamental, por naturales y redondos, largos, templados, vibrantes, ceñidos, inconmensurables: la bravura y el toreo, excepcionales ambos, fundidos en una acople raras veces visto. Mató de un estocada de la que el toro salió rodado. El delirio, la catarsis, por fin la redención.

Por cierto, este bravísimo ejemplar, “Barberillo” de nombre, largo de viga, alto, algo ensillado, fue protestado por el 7, pues anque astifino y veleto, era reunido de pitones. Fue la cumbre de una corrida de Alcurrucén muy encastada, de emotivas embestidas no siempre enclasadas. Tuvo, además, la suerte de enfrentarse a muy buenos toreros. El único que no triunfó, Álvaro Lorenzo, también dio una gran tarde, mostró un toreo de trazo bellísimo, pero demeritó sus trasteos por alargarlos en demasía, algo que Madrid no perdona. Dejó unas inmensas ganas de volverlo a ver.

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