POR ENCIMA DE TODOS

Venía de atravesar veinte meses de exilio, desde que un toro le fracturara el brazo derecho en la plaza mallorquina de Muro. Casi dos años de paciencia, reflexión, esfuerzo, entrenamiento, mientras iba cociendo a fuego lento el poso de toreo retenido en sus entrañas. Se había reencontrado con la plaza y el vestido de torear en Olivenza y ahora le tocaba Sevilla, de cuyas dos tardes, la primera lo iba a poner frente a los victorinos: ese tipo de toro con condiciones, en su nobleza o dificultad, para poder demostrar los niveles de torería, ambición y capacidad que había ido acumulando en su largo ostracismo. Y a fe que lo hizo.

Dicen que nada hay tan transparente como un traje de luces. El turquesa bordado en oro de Antonio Ferrera en la tarde hispalense del 29 de abril iba a ratificar en grado sumo el acierto del dicho, porque, desde el minuto uno, el diestro extremeño dio muestras de gozar de cada momento de la lidia, de disfrutar estando donde estaba y haciendo lo que hacía. Y no me refiero a ese “disfrute” del que la palabra de alamares ha hecho un lugar común, sino del que se expresa a través de la actitud, de esa muestra del alma torera que nos llega a través de sus gestos, de su manera airosa de afrontar los compromisos.

Ya con el cariavacado primero, mirón como él solo, pisó unos terrenos comprometidísimos, una vez que el toro echó la persiana, con una frescura y una convicción sólo al alcance de quien tiene el ánimo situado por encima de dudas y temores, de quien sabe lo que está haciendo y por qué. Después sería el conjunto de su tarde, lidiando, en los quites, en sus pares de banderillas, en la forma de estar en la plaza, la que nos iría descubriendo el “estado de toreo” en que se hallaba instalado el torero. Pero tendría que llegar el cuarto, para que el efluvio de su torería, de su valor, de su conocimiento, penetrara su acción conquistadora hasta el último resquicio de la mente de los espectadores.

Se llamaba “Platino”, pero era pedernal; un pájaro de 570 kilos que llevaba amartillada el arma de la casta para disparar embestidas con toda la rudeza de su fiero instinto. Como un tigre se revolvía sobre las manos buscando hacer presa al mínimo momento de descuido. Por el pitón izquierdo era una ametralladora de tirar derrotes y, lo mismo que se montó encima del caballo de picar en el espectacular derribo donde exhibió su indomable poder, pretendía montarse encima del torero en cuanto a éste le hubiese flaqueado el ánimo un instante.

No ocurrió. Y eso que la faena de muleta –tan larga que sonó un aviso antes de montar la espada– encaminó su cauce por la torrentera del combate a cuerpo limpio. De poder a poder, toro y torero se enfrascaron en una lucha despiadada en la que la inteligencia y la fiereza, el valor y la casta, entraron en colisión con toda virulencia. Hasta que en la segunda parte de la misma, ligando el torero con el acierto de cruzarse tras cada muletazo sin dejar parar al toro, puso la plaza al rojo vivo, para dejarla más tarde boquiabierta consiguiendo torear relajado al natural, cuando minutos antes no había forma de hilvanarle dos pases seguidos por ese pitón. Ahí se plasmó la victoria del hombre, el poder del torero, el triunfo ante un enemigo difícil y exigente. Tras la estocada pasada de la que tardó en doblar, consiguió Antonio la oreja de más peso conseguida en la Feria hasta la fecha. De los dieciocho capítulos que, al escribir estas líneas, lleva cumplidos Sevilla, incluyendo el Domingo de Resurrección, el más emocionante, el más auténtico, el más memorable, ha sido esta faena de Ferrera a “Platino”. Por encima de todos, sin duda alguna, veremos cómo el sábado Antonio remata su feria.

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