CLAMOR DE JUAN DEL ÁLAMO

San Isidro, 23ª corrida.Triunfar al “golpe cantao”, con el toro bueno o malo, con viento o sin él, con suerte o sin ella, así decía Antonio Ordóñez que debe salir a la plaza un torero en los momentos claves de su vida si quiere ser figura. Así salió Juan del Álamo al ruedo de Las Ventas desde su primer capotazo hasta su última estocada. Y la afición no esperó, su entrega sucedió al mismo tiempo que la del torero. En efecto, la comunión fue instantánea, como si torero y coro fueran un único ser. Por fortuna, el toro no descompuso la mágica unión, pues el castaño de Alcurrucen, serio y muy armado, era un toro de bravura encendida, encastada. Por eso los oles que compañaron a las verónicas iniciales sonaron como zarpazos, por eso se quebraron transidos de emoción para acompañar un toreo bravío, mandón y templado, con la mano derecha, y por eso se quebraron con desgarro ante unos sublimes y finales naturales. La estocada encendió la catarsis y la emoción se consumó cuando el bravo moría defendiendo su vida en el centro del ruedo. El presidente, un aficionado absurdo, negó la evidente y solicitadísima segunda oreja. Por eso el joven héroe paseó dos veces la arena con un solo trofeo en la mano. Su segundo toro, un marrajo peligroso, con mucho genio y mansedumbre, Juan lo brindó, incomprensiblemente, al público. Pero pronto comprendimos su apuesta. Pues el torero sabía, yo no, que al manso encastado también se le puede torear si al resabio del toro se opone el valor y la pureza del toreo. Malo de maldad, sin clase, correoso y peligroso, embistió el toro, y la faena fue torera y vibrante. Cortó otra oreja el salmantino y salió a hombros por la Puerta Grande.

La corrida de Alcurrucén, muy seria –tres castaños y tres negros, más bonitos estos- empapó el coso de emoción. Hubo un toro importante, el primero de del Álamo, y otro muy bravo, el segundo de El Cid, que le hizo una entonada faena. El lote de Joselito Adame fue el más deslucido. Pudo apostar el mexicano más con su primero, atacarle con firmeza en la muleta, y no hubo nada que reprocharle con su segundo, una prenda.

Dos preguntas: ¿Cuántas Puertas Grandes ha cerrado injustamente el Palco en esta feria? ¿Cuántos toros de vuelta al ruedo han salido de la arena como si tal cosa? Muchas veces, los enemigos de la Fiesta están dentro.

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