EL GANADO HUNDIÓ LA TARDE

Los automóviles no funcionan sin gasolina; los toros bravos sin casta, tampoco. Aunque muy justos de fuerza, los cinco ejemplares de Juan Pedro Domecq no servían para el toreo por su absoluta falta de casta, y menos en la plaza de Madrid donde se exige un toro con brío. Salían alegres al ruedo, con muchos pies y codicia, pero se apagaban al más leve puyazo y luego embestían dóciles, sin entrega, con embestidas cortas o con derrotes que sustituían la falta de fuerza y de raza. El quinto toro, que pertenecía a Juan Manuel Criado, dio mejor juego.

Con semejantes oponentes, José María Manzanares cumplió con brevedad; Cayetano nada pudo hacer con su primero, y a su buen segundo toro lo toreó despegado y sin fibra; y Joaquín Galdós, que confirmaba la alternativa, nada pudo hacer.

Así fue la corrida que nunca existió.

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