FIASCO DE CLAUSURA

Terminó San Isidro con el epílogo de la semana torista. Hubo en ella sorpresas, por el lado bueno con la gran corrida de Rehuelga, porque si a don Joaquín Buendía Peña alguien le hubiera dicho que con esas caras y ese tonelaje iban a embestir como embistieron, lo despide al momento con cajas destempladas. Tírense por la borda aquellas teorías de que el toro tiene que estar en tipo para embestir. Los santacolomas de Rehuelga no recordaban a sus ancestros sino por la capa cárdena característica. Por lo demás, parecían haberse sometido a un régimen de proteínas y vitaminas que les había agigantado cuerpo y pitones. Y sin embargo, compusieron una de las corridas más completas del ciclo isidril. Y eso que los toreros no la lucieron como merecía (Estoy seguro de que, si los tres se volvieran a poner delante de ella, estarían mucho mejor de lo que estuvieron. Lo malo es que eso es imposible). Aunque los cinco lidiados sirvieron en distinto grado, hubo tres toros de nota: tercero, sexto y ese quinto llamado “Liebre”, que para mí hizo la pelea más completa en varas de toda la feria, ya que si bien se arrancó pronto y de largo por tres veces al caballo, hizo luego pelea de bravo empujando con fijeza, metiendo los riñones y empleándose en el peto. Lástima que el torero no acertara a cogerle la distancia hasta las postrimerías de la faena, si no hubiese sido de lío gordo.

La otra sorpresa –ésta por el lado negativo– ocurrió en la clausura del ciclo con la corrida de Miura. Miuras con patas de chocolate, que padecieron el oprobio de ver asomar dos veces el pañuelo verde, y con suerte, porque pudieron ser cuatro los astados devueltos al corral. Pero, además, una corrida mal presentada, sin remate –como si le hubieran retirado la comida antes de tiempo– y sin el trapío exigido a una ganadería como esa en una plaza como Madrid.

Se cumplían ciento setenta y cinco años del nacimiento de la vacada. De cuando don Juan Miura compró un lote de 220 vacas a don Antonio Gil Herrera, para poner fecha de nacimiento –15 de mayo de 1842– a la ganadería. Fecha para festejar, pues es notorio y admirable que una misma empresa continúe por tanto tiempo y tantos avatares en manos de la misma familia.

También se cumplía en éste 155 años de que Miura empezara a tejer en Madrid la leyenda negra de la divisa, porque el 20 de abril de 1862 el segundo de la tarde, “Jocinero” de nombre, hería mortalmente al espada cordobés José Rodríguez, Pepete, primer torero fallecido a consecuencia de las heridas producida por un miureño.

El sobrino de los ganaderos, Eduardo Dávila Miura, quiso honrar los 175 años de existencia de la divisa anunciándose para matar esta corrida isidril, pero quiso el destino y la debilidad de sus toros, que no pudiera estoquear ningún astado del hierro familiar, teniendo que ponerse delante de un toro de Buenavista y otro –noble y boyante– de El Ventorrillo. Sueños toreros tirados por el sumidero, como en entredicho quedó el prestigio de la divisa en este escaparate de Madrid.

Dicen que donde se pierde la capa hay que volver a recogerla, y Eduardo y Antonio Miura deben quedar emplazados para volver a Madrid con otra corrida suya que borre el baldón que sobre su fama echó la corrida del pasado domingo; una corrida seria, rematada, con patas de acero, bravura en la casta y ganas de comerse capotes y muletas. Este fiasco de hace unos días hay que borrarlo. Y cuanto antes, mejor.

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