GRAN TARDE DE ENRIQUE PONCE

San Isidro, 18ª corrida. Para empezar, Enrique Ponce se apuntó a una tremenda corrida de toros. No sólo por kilos –casi todos pesaban más de 600-, sino por trapío y previsible potencia. La de Garcigrande es una ganadería brava, fuerte y encastada que, curiosamente, gusta a los toreros. Además, a Ponce le correspondió el lote más complicado, pues David Mora tuvo dos toros bravos y nobles y el toricantano Varea, el mejor toro de la corrida.

El triunfo de Ponce se debió a una deslumbrante madurez artística y técnica y a una entrega impensable en un torero con 28 años de alternativa. A su primero le toreó por verónicas de excelente trazo, quitó por chicuelinas de mucho pellizco, le toreó de muleta, sobre todo con la mano derecha con una ligazón sedosa, apabullante, bellísima, dejándo la muleta puesta entre pase y pase, baja, dormida, pasándose el toro muy cerca, clavando su figura en la arena con verticalidad, naturalidad y desmayo. Y a su segundo toro, un negro salpicado de terroríficos pitones, le hizo frente con serenidad, valor y maestría de muy difícil análisis, nunca se sabrá si lo pudo por una orgullosa voluntad de triunfo o por su apabullante destreza, muy superior al peligroso genio defensivo del animal. Evidentemente, salió a hombros por la Puerta Grande.

David Mora, cogido al matar a su segundo, tuvo más voluntad que acierto, y Varea, mala suerte, su primero no tenía faena y la faena a su buen segundo se vio boicoteada por el viento.

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