GREGORIO SÁNCHEZ IN MEMORIAM

La semana pasada tuvo todos los aditamentos de una continuada crónica de sucesos. A la fatal cornada de Fandiño, siguieron el susto por la forzada interrupción de la temporada en Las Ventas –después matizada desde la Comunidad, asegurando que las necesarias obras no afectarían a la programación taurina del año– y el óbito del maestro Gregorio Sánchez. Nuevo palo para la grey taurina, condolida por la pérdida de una figura del toreo que labró su espíritu y su carrera superando todo aquello que la vida quiso ponerle en contra.

La suya fue una infancia de miseria y fatigas, pues, con tan sólo doce añitos, además de buscarse el sustento, tenía que conseguir a diario tres paquetes de comida para hacérselos llegar a la cárcel a su padre, madre y hermano, presos políticos de los vencedores de la Guerra Civil. Del mercado de Legazpi hizo su único universo. Allí comía a cambio de fregar las perolas del destacamento de soldados que en él se instalaba. Allí robaba fruta y cualquier cosa que pudiera mitigar el hambre de los suyos. Allí descargaba camiones de hortalizas hasta que el frío del invierno le dejaba las manos insensibles. Allí se le endureció la sonrisa y encalleció su corazón de pícaro forzoso.

Después vino el andamio y el trabajo de albañil, hasta que un día, viendo en Las Ventas la primera corrida de su vida, comprendió que el toreo era la única forma de escapar del mercado, del andamio y de toda aquella existencia de dureza y miseria. No ser un destripaterrones toda la vida fue el combustible que le impulsó a querer vestirse de luces. Se probó ante las reses, vio que era capaz y… emprendió la aventura.

Una aventura que en sus labios tuvo el amargo sabor de la dureza. No en vano, ya en sus postrimerías, como maestro de la Escuela Taurina de Madrid, le decía a sus alumnos que “ser torero es casi como hablar con Dios.” Y es que al toledano de Santa Olalla le costó un mundo romper definitivamente. Y lo consiguió en 1955 gracias a un lance que también requirió de él abnegación y esfuerzo. Ocurrió que, anunciado en Nimes, para torear con Chamaco y El Turia, el novillo tuerto que había en la corrida entró en el lote de Chamaco. Camará, apoderado entonces del diestro de Huelva, habló con el mentor de Gregorio proponiéndole que cargara él con el toro tuerto a cambio de ponerlo en Barcelona en la primera novillada que toreara Chamaco. Gregorio aceptó sin dudarlo un instante y, no había pasado un mes, cuando don José cumplía su palabra y Gregorio Sánchez debutaba en Barcelona junto al novillero onubense y Ruperto de los Reyes para estoquear reses de Sepúlveda de Yeltes. Una oreja y tres vueltas al ruedo, por negarle el segundo apéndice la presidencia, pusieron a Gregorio en la senda que tanto había ido buscando, y ya no la dejó.

Tampoco dejaría la dureza y el mal trato por parte de los apoderados y las cornadas y todas las zancadillas que hubo de sortear para conseguir instalarse en las altas cotas de que disfrutó en las últimas temporadas de la década de los cincuenta, cuando en tres tardes consiguió cortar nada menos que 14 orejas en Madrid; las últimas siete de una tacada el 19 de junio de 1960, en la corrida del Montepío que mató en solitario.

Ese espíritu espartano, donde fue curtido y endurecido, lo siguió transmitiendo luego como profesor de la Escuela de Madrid y siguió obteniendo frutos. Así se lo reconoció en un San Isidro Matías Tejela al brindarle un toro en estos términos: “Seguramente, por lo duro que ha sido usted conmigo, esté ahora yo aquí”.

El pasado jueves, día 22, tres años después de colgar los trastos como profesor de la escuela taurina, Gregorio Sánchez fallecía en su hogar de Galicia, donde vivía con su esposa. Descanse en paz y viva su memoria y esa llama suya de pedernal que lo hizo torero y que a tantos toreros alumbró luego en su faceta de conductor de vocaciones.

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