MADRID O MADRIDEJOS

Y “Míster orejitas” subió de nuevo al palco y volvió a hacer de las suyas concediéndole una oreja de saldo a Enrique Ponce; orejita etérea –de peso semejante a la que quince días antes había regalado a David Mora–, que valió al diestro de Chivas para abrir una de las puertas grandes más chicas que consigna mi memoria en Las Ventas.

Para más inri, al día siguiente, un colega suyo, no contento con devolver un novillo sin más motivo para ello que el disgusto que su comportamiento causaba a parte de la parroquia, volvía a convertir el palco presidencial en un despropósito al otorgar otra oreja inexistente al novillero Juan Miguel, que ojalá el muchacho sepa rentabilizar, pero que me temo sólo va a servir para engañarlo.

Esta hemorragia de magnanimidad presidencial nos conduce inexorablemente a las odiosas aguas del agravio comparativo, porque en honor a la justicia, la oreja de Juan Miguel debía haberla paseado, con sobradísimos motivos para ello, Jesús Enrique Colombo; la de Mora habría que habérsela dado a El Fandi, solicitada por muchos más pañuelos, y que sí había hecho méritos para ello, y la de Ponce haber engrosado la cuenta, como segunda, de Sebastián Castella, que sí mereció salir por la Puerta Grande el día de la corrida de Jandilla, aunque no hubiera suficientes pañuelos que la pidieran, ya que, como segunda, el palco tenía potestad de concederla como hizo, acertadamente, mostrando el pañuelo azul, aunque tampoco lo hubiese solicitado una mayoría.

Esto de los pañuelos nos lleva a considerar lo cambiante del público venteño. Puede ser que treinta y dos días de toros seguidos no haya cuerpo que lo resista y aparezca un componente de aluvión que modifique el carácter del tendido de una corrida a otra. Eso sin contar con el sanedrín de los hooligans del Siete, de comportamiento igualmente cambiante y caprichoso en función de qué nombres configuren el cartel de toros y toreros. Su vara de exigencias crece o disminuye según sea “maldito” o “consentido” aquel que está en la arena. De ahí que respetaran al máximo a Ponce sin afearle su colocación, pese a llevarse la mayor parte del tiempo fuera de cacho o metido en el cuello de la res, mientras que la mera posibilidad de que Roca Rey pudiese abrir la Puerta Grande era detonante de repulsas fuera de lugar que buscaban reventar el valiente quehacer del torero peruano. No quiero dejarme ganar por teorías conspirativas, pero se me hace muy difícil entender sin ellas la manía que desde el primer momento han sentido hacia el torero emergente más sólido y capaz.

Lo cierto es que, por unas cosas o por otras, la plaza de Las Ventas unos días parece de Madrid y otros de Madridejos, dicho esto con el debido respeto a los habitantes del municipio toledano. Entre inquisidores y paletos, aquí no hay quien se aclare. Ni en el palco de presidencia ni en los escaños que ocupan los espectadores. A ver si para ediciones sucesivas, por lo menos en lo que a presidentes y asesores se refiere, se adopta un principio de acuerdo que evite el errático criterio de que se está haciendo gala este año. Por el bien de la cordura y la justicia, los organismos competentes tendrían que hacer el mayor esfuerzo en conseguirlo.

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