TRIÁNGULO DE IMPRESIONES

Viernes, 26 de mayo. Madrid. Se produce la conjunción de los astros: un toro no sé si mal llamado “Hebrea” y un diestro que se anuncia Sebastián Castella. El primero, llevando la bravura por escudo de armas; el segundo, con la técnica puesta al servicio del sentimiento torero para componer una auténtica obra de arte. Un toro incansable y un torero firme y generoso. La mano que crea en la plaza y la mente que crea en el campo. Dos joyas de la selección cultural unidas por el destino. Para muchos, el toro fue de indulto; para mí, la faena de Castella era de dos orejas. Al toro sólo se le premió con la vuelta al ruedo, y al torero, con un apéndice. Puedo entender lo primero, pero no lo segundo. ¿Desde cuándo una media estocada en lo alto “enfría” los ánimos del respetable? ¿Por qué se premia más una entera desprendida que una media en lo alto? Cosas de los públicos; pero en mi cuadro de honor particular, Castella ha salido por la Puerta Grande con las dos orejas de “Hebrea” y éste podía estar todavía pastando en su dehesa. De momento, es el toro de San Isidro.

Sábado, 27 de mayo. El Puerto de Santa María. Los que llevan años maquinando por “cargarse” la corrida de feria, pueden darse por contentos. Este año ha recibido el puntillazo fatal. Ni siendo generosos podríamos contabilizar los mil espectadores. La plaza: un desolado desierto sin ningún tipo de sorpresa; esto es: como estaba previsto. Cuando un cartel no interesa a nadie o a muy pocos, la respuesta del público es nula. La mezcla cartelera era explosiva: un torero local que lleva casi dos años sin vestirse de luces; un matador nuevo, pero desconocido en estas tierras, y para guinda, el debut con caballos de un novillero foráneo que no lo conocen ni en su casa a la hora de comer. Resultado: el previsto. Parecía que estábamos en un tentadero, en vez de en una corrida ferial. En el ruedo, sin embargo, pasaron cosas. La corrida de Pereda, seria por delante, tuvo complicaciones, y ante ellas, Alejandro Morilla sacó su casta para aguantar herido en un glúteo hasta que rodó el bicho, y David de Miranda, estuvo firme y decidido y se llevó la única oreja de la tarde. Entre la casta y el genio se movieron los novillos de Fuente Ymbro y, con ellos, a Ángel Téllez se le vio puesto y poco más.

Domingo, 28 de mayo. Sanlúcar de Barrameda. Aquí, la cara opuesta del día anterior. Cartelazo rematado y lleno desbordante en los tendidos. Resultado: una jornada mágica de toros y toreros. El Juli estuvo inmenso, engendrando los muletazos más largos que le he visto nunca. Indultó al bravísimo y nobilísimo “Jorguín”, que acreditó el pial de Zalduendo, y se llevó un total de cuatro orejas y un rabo, aunque parte fueran simbólicos. Otra faena de rabo firmó Roca Rey –pese a que se quedara en dos orejas–, poderoso y templadísimo, con esa capacidad suya de encontrar toro en todas las situaciones y ser capaz de ponerle bridas a la casta para hacer discurrir los naturales y derechazos al sosegado ritmo de su voluntad. Acompañó a El Juli en la triunfal salida a hombros, después de haber consignado en su casillero un total de tres orejas. Morante dejó pinceladas de su arte que no bastaron para acompañar a sus compañeros de terna en su salida por la Puerta Grande, pese a que regaló un sobrero, del que cortó la única oreja de su cuenta. En cualquier caso, fue una tarde redonda, de extraordinaria expectación, que en vez de cumplir el dicho y saldarse con decepción, acabó con una multitud feliz que se congratulaba de haber asistido al evento. Enhorabuena a la Empresa, al ganadero y a los toreros. ¡Ay, si así fueran todas!

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