CONCLUYÓ SAN FERMÍN

La fiesta del chupinazo, los encierros y el estruendo concluyó un año más. La plaza de Pamplona ha demostrado en esta ocasión un talante, más que generoso, magnánimo. De los veintitrés matadores de toros contratados, trece pasearon oreja por su ruedo; varias de ellas tan etéreas como plumas al viento, siendo, por contraste, agraviante el trato dado a Ferrera en su faena al castaño “Galiano”, al sopesar el calado y torería de su enjundiosa labor, cuyo premio redujo el palco a la triunfal vuelta al ruedo con que le obligó el público.

La lógica disparidad de criterios mostrada por los distintos concejales que ocupan cada tarde el puesto presidencial tomó cierta coherencia bajo el denominador común del acierto con la espada. Muchas de las orejas concedidas encontraron justificación en la efectividad de los estoques y sólo en ella, pues hubo alguna –en particular, tres que valieron otras tandas salidas a hombros– que únicamente en la rápida muerte del toro –ni siquiera hablo de buena ejecución– pudieron encontrar sentido.

Sí existe unanimidad respecto al ganador del Trofeo Carriquiri como toro más bravo y completo de la feria. Con todo merecimiento, el galardón fue para “Forajido”, lidiado en tercer lugar de la corrida de Victoriano del Río, vacada que ha podido competir con la de Jandilla para el puesto de mejor corrida del ciclo.

El torero triunfador de estos sanfermines ha sido Ginés Marín, única montera capaz de cortarle las dos orejas a un toro; aunque este segundo apéndice haya que encuadrarlo dentro de los calificados de “generosos”. Ginés Marín ha mostrado en sus dos comparecencias sanfermineras –la segunda de ellas ocupando el puesto que dejó vacante el corneado Roca Rey– la cara y la cruz de su personalidad torera. En lo positivo, esa clase de buen torero que atesora y que le hace llegar a los tendidos cuando el toreo que interpreta le sale del alma. En lo negativo, ese dejarse llevar por la facilidad, que le resta profundidad y calor a su cometido, avecindándolo en ocasiones a la vulgaridad del pegapases. No se deje Ginés engatusar por los premios, que, pese a ellos, los que le hemos seguido desde su debut con picadores, viéndole cuajar novillos y toros con su toreo candente, esperamos mucho más de él.

El que no levanta el pie del acelerador, pese a que tendría que firmar un armisticio con Doña Fortuna, que no deja que le toque un toro bueno en los sorteos, es Andrés Roca Rey. A desprecio de los percances, de los toros que le salen, de la exigencia con que a veces se le trata, sale a darse por entero cada vez que hace el paseíllo. En cuanto el astado se lo permite, forma un lío con el capote o la muleta, y cuando no, se monta encima del burel en esos arrimones que nos ponen la carne de gallina. Esta vez, quiso la mala suerte que se le rompiera el estoque en tres trozos al entrar a matar, lo que le hizo quedarse en la cara a merced del jabonero, que lo cogió a placer quitándolo, para pesar de todos, de la corrida de Cuvillo con la que estaba anunciado. Cambió la Puerta Grande por la de la enfermería, pero ahí sigue, sin desmayo, acercándose imparable a ese puesto cimero que quiere conseguir.

Otro nombre que comienza a brillar con luz propia es el del novillero Jesús Enrique Colombo, que, a sus éxitos de Madrid, unió el de la novillada de San Fermín mostrándose como el valor más sólido de la novillería actual.

De lo demás, y circunscribiéndome a lo bueno, memorar el épico esfuerzo de Rafaelillo, los naturales de Pepe Moral, la casta de Román, la importante oreja conseguida por José Garrido, otra merecida de Castella, Ureña y Cayetano y, a partir de ahí, vamos descendiendo en los méritos contraídos.

Lo que parece claro, a tenor del código de justicia que guía a la Casa de Misericordia –el que triunfa, repite–, es que para los sanfermines del año próximo están aseguradas como mínimo catorce comparecencias. Que todas sean para bien.

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