PAMPLONA ES ASÍ

Cuando el jolgorio, la jarana, el bullicio, se asienta en las raíces de la tradición, por muy caótico que se muestre a los ojos, siempre existen unas directrices, unos vectores, que imponen un orden desde el trasfondo secular de la costumbre.

De ese orden antiguo y desenfrenado, participa el ritual mágico, lúdico y taurino de San Fermín. Pamplona y su plaza, uniformada de blanco y rojo, fiel a su cita de cada momento del día –en lo taurino, a las ocho el encierro, a las seis y media de la tarde, la corrida– recorre cada año las previstas calendas de julio para entregarse a un rito que el espejo mediático ha convertido en explosión de índole planetaria.

El toro hermoso, cornalón, generoso en romana e impresionante trapío sirve de materia para que el plantel de diestros acartelados en su feria –la Feria del Toro– muestre y demuestre el octanaje y la cantidad de gasolina con que afrontan la segunda mitad de la temporada. Dura prueba para los toreros, necesitados de oponer concentración al estruendo irrespetuoso de la solanera y valor y afición al desmesurado enemigo con el que han de enfrentarse.

Al tiempo de escribir estas líneas, llevamos tres corridas de toros de a pie, tres encierros y a los habituales de la calle, se han unido tres momentos dramáticos en el ruedo pamplonica; uno por tarde: el primero, una horrorosa voltereta a Román a la hora de entrar a matar a su primer toro de Cebada Gago, que, afortunadamente, no pasó del susto y la paliza; el segundo, también en la suerte suprema, tuvo por protagonistas a Gonzalo Caballero y un toro de Escolar, que mandó al madrileño a la enfermería con una cornada en el glúteo, mientras el tercero se producía cuando un camión con pelos del hierro del Puerto de San Lorenzo atrapaba por el bajo vientre a Pablo Saugar Pirri pegándole un “tabaco” de caballo que le diseccionaba la uretra y le sacaba las tripas perforándole el intestino.

Es el duro contraste de la sangre derramada a sones de charanga, del dolor íntimo impregnado de atmósfera de borrachera, del drama y la juerga. Seguramente, así tendrá que ser porque así ha sido siempre, pero me cuesta trabajo entenderlo. Está claro que nadie engaña a nadie, que el que va a Pamplona sabe lo que hay y ha de aceptarlo con todas sus consecuencias. También debe de ser maravilloso ver la plaza entregada jaleando el triunfo torero; que tal vez eso compense el sufrimiento y los malos tragos; eso y lo sustancioso de las liquidaciones. Así y todo reconozco mi incapacidad para asociar lo que el arte del toreo es en esencia y la forma de vivirlo que tienen las peñas. Lo respeto, que quede claro, pero no lo comparto. En cualquier caso, ésta no es más que una reflexión de un humilde individuo aplastado y engullido por la vorágine de una costumbre que, como está el cotarro, hay que desear que perdure durante mucho tiempo. Sin embargo, me acuerdo de Román, de Gonzalo Caballero y del pobre Pirri y se me hacen cuesta arriba muchas cosas.

Será que me estoy volviendo muy sensible.

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