DISCREPANDO

No tengo más remedio. El toreo está tomando una deriva con la que me veo obligado a disentir, a discordar, a estar en desacuerdo hasta el punto de preguntarme a veces si ya no sé nada de toros o si –el inevitable chantaje de la edad– se me han quedado antiguas las ideas y no he sido capaz de evolucionar lo suficiente. Sea como sea, confieso mi incapacidad de comulgar con las ruedas de molino que me quieren hacer tragar los “iluminados” innovadores deseosos de reformar la corrida aunque la lleven a la caricatura o los inventores y cantores de gestas y faenas cumbres que no aparecen por ninguna parte.

Me voy a centrar en dos hechos ocurridos recientemente y en los que mi discrepancia lleva la finalidad de “desfacer entuertos”: en un caso, la reparación de lo que considero una injusticia, y en otro, denunciar un agravio comparativo.

El primero nos lleva a Málaga y a la concesión del capote de paseo por la mejor faena de la feria a Enrique Ponce, cuando quien realizó la mejor, la más sentida, pura y templada faena del serial malagueño, la más seria y meritoria, fue Jiménez Fortes al toro “Escripio”, de Victorino, el día de su encerrona. Un toro noble, pero encastado y con esa seriedad que presta al quehacer torero lograrlo con un astado de esta divisa; un toro que hirió al torero al entrar a matar y que para mí, sin serlo, fue mucho más merecedor del indulto que la nobleza feble y cogida con alfileres del “Jaraiz” de Juan Pedro, con el que Ponce obtuvo el premio. Claro, que ese día todo se encapsulaba en un contexto disparatado, el del llamado “Crisol”, con un público verbenero a favor de lo “extraordinario” y dispuesto a exhibir su “sensibilidad”. A mí me gusta la paella y el arroz con leche. Pero separados. Si me los mezclan, me resulta incomible. Y eso fue la corrida Crisol: una paella con arroz con leche. El arte del toreo no casa ni mucho ni poco con sopranos, cantaores y orquestas. Cada cosa en su sitio y en su momento. Mezclados no. Desde luego, si las pretensiones de modernizar el toreo van por ahí, mejor será que nos dejen como estamos. Pero, al parecer, prima el circo en detrimento de la verdadera seriedad del toreo encarnada, en este caso –hasta mató los dos toros que le quedaban, herido como estaba–, por Saúl Jiménez Fortes el día anterior.

El segundo hecho nos lleva a Bilbao, el día de la corrida de los victorinos. Cada uno de los tres espadas fue premiado con una oreja. Empate matemático que nada tiene que ver con la igualdad taurina, pues el contenido de cada una de las faenas premiadas fue de distinto calado. Para colmo, al día siguiente, gran parte de la prensa cantaba la “faena cumbre” de Diego Urdiales, cuando tal faena nunca existió, sólo unas magníficas verónicas por el pitón izquierdo, una tanda notable con la derecha y algunos pases sueltos. Eso fue todo. Sin embargo, se resistieron a destacar la mejor faena de la tarde, que, sin tampoco llegar a ser “cumbre”, fue la más clásica, templada y torera de la tarde. Pero la realizó un torero sin sello de artista y eso, en estos tiempos, supone un estigma de difícil superación. Por eso no fue cantada como merecía. El torero se llama Manuel Escribano, quien, muleta en mano, bordó el toreo al ralentí en una faena de menos a más, prologada con su gesto de irse a portagayola y de hacer vibrar la plaza en un tercio de banderillas rematado con un par al quiebro sentado en el estribo que puso el miedo en todos los corazones. Como mató impecablemente, el conjunto merecía el premio de las dos orejas, y así las pidió el público, pero llegó Matías con la rebaja y todo quedó en engañoso empate.

Sé que este escrito no va a cambiar un ápice la realidad; pero aunque sólo venga de mi modesta pluma, vaya el capote de la justicia para Jiménez Fortes por su gran faena malagueña y la puerta grande que le birlaron, para que salga por ella en volandas el toreo bilbaíno de Manuel Escribano.

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