UN CORRIDON INFUMABLE DE GARCIGRANDE

Bilbao, 5ª corrida Los toros de Garcigrande y Domingo Hernández (dos nombres para una sola ganadería) eran grandes, bastos, muy armados de fenotipo, y broncos, mansurrones y antipáticos de genotipo. Parecía una corrida pasada, una limpieza de corrales para tres desesperados. Pero he aquí que con ellos tragaron dos figuras del toreo y un triunfador de Bilbao. Oh tempora, oh mores. Así pues, hablaré poco de la corrida. Tan solo les digo que El Juli estuvo magistral, aunque mató mal; que Talavante dio bellos pases de muleta a un toro rebrincado y reponedor, enseguida parado, y que con su segundo tuvo el acierto de abreviar, lo que antes hacían las figuras cuando no había opciones; y, finalmente, diré que Garrido estuvo hecho un tío con un toro bravucón, que no bravo, y con otro que pertenecía a la ganadería de Al Quaeda.

Para el aficionado tuvo interés ver medirse a buenos toreros con toros tan malos. Para el público, no creo. Sí les comentaré que, como en la corrida de Victorino, hubo poca gente. Nada anómalo, sino lógico. Cuando en los medios de masas una realidad no existe, esa realidad deja de existir. En consecuencia, lo que pasa en el ruedo de Vistalegre por muy intenso que sea, solo pasa en la plaza y la calle no se entera. Por eso, tan asombroso aislamiento ha logrado que el público, el que llenaba las plazas, no el aficionado, ya no sepa evaluar las peculiares prestaciones de toreros ni de toros, ni tampoco desentrañar las claves de la lidia que estimulan el disfrute del toreo. Y todo esto pasa en Bilbao, a pesar de que Vistalegre siga siendo una plaza maravillosa.

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