TOROS EN AZPEITIA

Terminó la corrida. Las reses de Ana Romero habían desplegado todo un surtido de complicaciones para los espadas, dando pocos argumentos a favor de que las soliciten los toreros. Otra cosa son los espectadores, que disfrutaron con la movilidad de la corrida, su encastado comportamiento, la manera de arrancarse a los caballos y hasta ese plus de dificultad para los toreros, concebido por el aficionado torista como una obligación del toro que se precie.

Este torismo de Azpeitia no está reñido con un talante generoso que canta y premia lo que hacen los matadores, cuya terna en este caso –Curro Díaz, David Mora y Borja Jiménez– consignaron en su haber el denominador común de haber conseguido hacer crecer sus faenas. Faenas sufridas, trabajadas, que les exigieron un gasto de valor en un aguante de miradas, amagos, incertidumbres y, a veces, malas formas, a que los sometieron los astados santacolomeños.

Esta aparente contradicción entre torismo y torerismo no es sino un ejemplo más de las que congenia esta localidad guipuzcoana, capaz de conjugar su espíritu conservador con un gobierno abertzale o la efervescencia de su afición taurina con un Ayuntamiento gobernado por Bildu. Aquí el toreo no tiene problemas con la alcaldía, pese a que la plaza –una bombonera de 4.000 localidades, con más de un siglo de existencia– es propiedad municipal, aunque la cediera en 2003 a la Comisión taurina que lidera ese alma mater del taurinismo azpeitiarra que es Joxin Iriarte para la organización de las corridas. Aquí, si hay pérdidas, la Comisión se rasca el bolsillo, y si hay ganancias –que es lo que ha venido ocurriendo hasta la fecha–, éstas se reparten entre Cáritas y la congregación de Siervas de María, cuyas monjitas –ayer una de ellas veía la corrida desde una ventana del convento aledaño a la plaza– se encargan de canalizarlas hacia los más necesitados.

Es curioso que el talante exhibido hacia el toreo por el alcalde de Azpeitia –“La decisión de los toros corresponde a una mayoría social, por lo que no pueden ser prohibidos por un acuerdo municipal” –dice–, sea tan opuesto al de su correligionario de San Sebastián, que mantuvo prohibidos los toros en la capital guipuzcoana durante el bienio que duró su mandato. Quizá esa “mayoría social” que debe decidir acerca de los toros se aprecia más claramente con los 15.000 habitantes de Azpeitia, que con los cerca de 190.000 de San Sebastián, pero lo cierto es que, militando en el mismo partido, no pueden ser más contrarios en sus apreciaciones sobre este tema.

Tampoco hay que olvidar la longeva tradición taurina que exhibe Azpeitia, donde el año próximo se cumplirán cinco siglos desde que se empezaran a correr toros en dicha villa: fasto organizado en honor de la visita del rey Carlos I. De entonces acá, la fiesta de los toros se ha venido consolidando en la cuna de San Ignacio de Loyola, cuya feria vio aumentar su importancia con el paso de los años en base a la seriedad del toro y al respeto del público; además de su forma peculiar de formalizar la lidia, que acompaña la suerte de varas con chistu y tamboril, y la de banderillas, a toque de dulzainas. Por no hablar de ese paréntesis de homenaje que, a la muerte del tercer toro, paraliza las acciones de la lidia para escuchar la interpretación del zortziko fúnebre en recuerdo de José Ventura, Laca, banderillero de Deva, cogido mortalmente en Azpeitia en una corrida de la feria de 1846, al colocar un par de rehiletes cuando toreaba a las órdenes de José Ituarte, Zapaterito.

Por todas estas circunstancias y por el rigor y esfuerzo que Joxin Iriarte pone en la confección de las tres corridas feriales, el futuro de la Fiesta en esta bellísima población guipuzcoana parece totalmente garantizado y hacen de Azpeitia otro ejemplo a seguir.

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