EL PÚBLICO

Fin de semana taurino. De Logroño a Sevilla. De San Mateo a San Miguel. De la media plaza del coso de la Ribera al casi lleno de La Maestranza. De una corrida notable de Victorino a otra estimable de los tres hierros de la casa Matilla. Del triunfo incontestable de Juan Bautista a la buena actuación de Talavante. Y de un público a otro; aquel del Norte, éste del Sur y, sin embargo, tan iguales en lo que a mi alejamiento de los mismos se refiere. Alejamiento, por falta de sintonía con sus apreciaciones y, también, porque cada vez entiendo menos sus reacciones y comportamiento.

No fue la falta de comprensión la que me alejó del público logroñés, sino ese alineamiento con los tiempos actuales que pretende saldar cada corrida con indulto venga o no a cuento. Ocurrió en el segundo de la tarde, un toro notable que atendía por “Verdadero”, pero que carecía de esa excepcionalidad que todo indulto debería incluir para preservar, como señala el Reglamento, la raza y la casta de las reses en su máxima pureza.

También señala la normativa que, para darse el perdón de la vida habrán de concurrir las siguientes circunstancias: que lo solicite mayoritariamente el público, que lo solicite expresamente el diestro que lo esté toreando y que muestre su conformidad el ganadero. En el caso de “Verdadero”, solicitó su indulto el público, no sé si en mayoría; lo pidió reiteradamente Juan Bautista, pero faltó la conformidad de Victorino Martín que, en un gesto que le honra como ganadero, se desgañitó entre barreras pidiéndole al torero que lo matara. “Verdadero” fue un toro noble y boyante, merecedor del pañuelo azul y no del naranja, y así le dieron la triunfal vuelta al ruedo con las mulas al paso, después de que Bautista lo pasaportara de una espléndida estocada en la suerte de recibir.

Debo agradecer aquí la seriedad profesional de Victorino sirviendo de freno y poniendo cordura a esa fiebre de “indultitis” que nos asola y que en su locura ha alcanzado ya a los toros de rejones, como ocurrió hace pocas fechas con el “Perdido” de Los Espartales, en Murcia. A ver si nos desprendemos ya de tanto complejo de inspiración animalista y apreciamos la muerte del toro en toda su grandeza.

En cuanto a Sevilla, sí me mueve un sentimiento de incomprensión: una plaza que me ha tenido como ninguna otra de espectador en sus tendidos durante décadas y a la que cada vez me cuesta más trabajo reconocer en sus manifestaciones, salvo en su chauvinismo exacerbado. Aquí todo el mundo puja por su cuota de protagonismo, desde el clarinero al de la música, pasando por un palco presidencial que no consiente cambiar el tercio de banderillas, aunque los peones hayan entrado tres veces y el toro luzca cuatro palos en sus lomos.

Sin embargo, es la reacción del público con los toreros la que me desmarca completamente de esta Sevilla actual. Incomprensible para mí esa desaforada petición de la segunda oreja a Talavante, en un toro que si le cortó una fue por el tremendo volteretón que recibió entrando a matar. Todavía, en su primero, hubiera tenido sentido dicha algarabía, porque fue una faena merecedora de premio, que él se encargó de arruinar con la espada, pero en el toro cuarto… ¡de locos!

Tampoco comprendí la frialdad del respetable con Roca Rey. Demasiado desapego hacia un torero que lo único que hizo fue darse por completo, jugarse la vida y lograr los muletazos más profundos de la tarde ante un lote que no se lo puso fácil. Sin embargo, su esfuerzo tuvo nulo eco en los tendidos. Ni siquiera hubo un ole en su vibrante y arriesgada forma de iniciar la faena ante el castaño quinto con un escalofriante pase cambiado. En fin, que Sevilla no parece Sevilla. Y eso me apena y me preocupa.

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