VILLASECA DE LA SAGRA

Villaseca de la Sagra es una localidad de la provincia de Toledo taurinamente conocida y prestigiada por su certamen anual de novilladas con picadores, en el cual lo más granado del escalafón novilleril litiga por conseguir su trofeo más codiciado: el Alfarero de Oro. La pasada semana tuvieron lugar las cinco novilladas que integraron la décimo octava edición del susodicho certamen, lidiándose en ella, por orden de aparición, reses de Torrestrella, La Quinta, El Ventorrillo, Cebada Gago y Baltasar Ibán.

En esta ocasión, la clausura del ciclo nos iba a deparar una ilusionante sorpresa enfundada en terno celeste y oro, pues, aunque a la postre el vencedor numérico del certamen fuera Jesús Enrique Colombo, el que rayó a una altura muy por encima del resto de sus compañeros fue un muchacho madrileño que se anuncia en los carteles como Carlos Ochoa.

Ochoa no sólo protagonizó la mejor faena del ciclo –como el jurado justamente otorgó–, sino que dio esa dimensión de novillero con hambre de triunfo que tan poco abunda en estos tiempos. Torea espatarrado abriendo mucho el compás, enganchando a los novillos delante y llevándolos con temple hasta donde la longitud del brazo encuentra su final, ayudado por una mimbreña cintura que pone en juego toda su flexibilidad para que el muletazo sea más largo. Une a eso lo encajado de sus riñones, lo asentado de sus zapatillas y ese efluvio de querer comerse al mundo que nimba su figura y alcanza los tendidos con fuerza arrolladora. Es un querer que se sosiega y templa en el toreo, pero que echa llamaradas de ansias, de deseos de ser, a través de sus ojos de perro de presa.

Así toreó a su buen primero y volvió a repetirlo con el más complicado segundo, con la plaza ya totalmente a su favor, encrespada contra el palco presidencial que le había robado antes una segunda oreja de peso, la puerta grande y quién sabe si el codiciado Alfarero; aunque éste se difuminó un poco por su poca puntería al matar al que cerraba plaza, del que hubiese cortado perfectamente otro trofeo. No obstante, le hicieron dar hasta tres vueltas al ruedo con la oreja de su primero, mientras el público seguía sin comprender la cicatería del presidente al negar un segundo trofeo ganado con espada y muleta de forma incontestable.

Días antes, ese mismo presidente había concedido de forma más que benévola una segunda oreja a Colombo, por una labor que no pasó de aseada –y vulgar–, aunque rematada contundentemente con la espada. A mi entender, de las tres orejas que cortó el novillero venezolano, dos las debe a su forma de entrar a matar dando con la cara en el morrillo. Al final, él sería –injustamente– el único que saldría a hombros en el certamen y el que se llevaría el ansiado trofeo para lucirlo en sus vitrinas antes de su doctorado de octubre en Zaragoza.

Hubo también otras cosas de interés firmadas por algunos de los demás novilleros actuantes. Por ejemplo, el magnífico concepto del toreo con la mano diestra exhibido por Ángel Jiménez, que conjuga temple, empaque y profundidad. Lástima que la espada parezca no ser su fuerte. Destacable también Ángel Sánchez, por su entereza al quedarse en la arena para matar a su segundo novillo, habiendo sido herido en la suerte suprema del novillo anterior, sin que ello fuera óbice para que sacara el regusto y el temple que acompañan su concepto. También destacó en su tarde la entrega de Jorge Isiegas, que, por contra, padece un serio problema con la espada. Cierra este cuadro, el temple, frisado en ocasiones de frialdad, de Diego Carretero con el único novillo de su lote que le dio oportunidad de lucirlo. Lo demás, sólo destellos, como los de Pablo Aguado, Andy Younes o Alejandro Fermín.

No obstante, lo realmente importante –insisto– lo hizo Carlos Ochoa, un nombre para no olvidar.

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