EL ABRAZO

Terminada su obra, Miguel Ángel Perera atravesaba el callejón de Las Ventas y se fundía en un sentido abrazo con su apoderado. No era un abrazo más, era el eslabón final de una cadena de acontecimientos con mucho de amargura, de inquietud y de reveses, que habían ido trocándose, a golpes de triunfo, de esfuerzo y pura hombría, en un himno gigante de grandeza torera.

Tanto simbolizaba aquel abrazo, que Fernando Cepeda no pudo evitar que las lágrimas le corrieran alma afuera. Era lógico. Aquel abrazo suponía un compendio de once años de lucha al lado de su torero. Once temporadas ya desde que Miguel Ángel –que acababa de terminar su relación de apoderamiento con José Antonio Martínez Uranga y Pepe Cutiño– viniera a cruzarse en su camino para cambiarle su proyecto de ganarse la vida en un bufete de abogados. Perera buscaba un hombre que le aportara trabajo, esfuerzo y, sobre todo, confianza, dentro de un ambiente de independencia, y veía en Fernando la persona ideal –como luego el tiempo se encargaría de confirmar– que le procurara dicha aportación.

En once campañas caben muchas cosas: paisajes color de rosa, zozobras llenas de sangre, incomprensiones, injusticias, temores, dudas, fatigas y grandes alegrías, donde ambos, a pecho descubierto, habían afrontado la lid de cada año repartiéndose el toro de la Fiesta en dos: el de los despachos para Fernando, el del ruedo para Miguel Ángel.

Sin embargo, a partir de la gravísima cornada del 15 de septiembre de 2015 en Salamanca, las cosas se le habían puesto a Perera especialmente duras, a lo que se unió en este 2017 el vacío que le dejaba en los callejones la ausencia de Fernando, imposibilitado de seguirlo por las plazas a causa de una enfermedad que necesitaba sin más dilación de la consiguiente operación quirúrgica. Por eso, volverlo a ver de nuevo en su burladero de apoderados, en aquella tarde tan importante para ambos como era la de su comparecencia en la Feria de Otoño, inoculaba en ambos ese hálito de confianza que habría de saldarse con el torero a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas. Era la quinta vez que lo lograba, volviendo a reeditar aquel rotundo aldabonazo del San Isidro de 2014, en el que, tras el triunfo de tres orejas con la corrida de Victoriano del Río, firmó su faena más rotunda y poderosa frente a un toro de Adolfo Martín.

Esta vez, el viaje no certero de la espada impidió que cortara las dos orejas al primer toro del Puerto de San Lorenzo, pero, tanto en éste, como en el cuarto, el torero extremeño dejó huella de su impronta de torero mandón, poderoso, templado y sereno. Faenas de pata alante –a diferencia de otras veces en que el torero adolecía del defecto de esconder demasiado la pierna de salida–, sacando limpia la franela por debajo de la pala del pitón y quedándose en el sitio preciso para ligar los muletazos sin solución de continuidad. Toreo sobrio, clásico, profundo, que caló en el público venteño para poner broche de oro a una temporada que había empezado a remontar en las ferias de Azpeitia y Huelva para encaramarse al carro del triunfo en el mes de septiembre, particularmente en Albacete y Guadalajara.

Todo esto y mucho más latía escondido en aquel abrazo fraternal de dos hombres cabales. Ahora la historia seguirá su curso y ambos volverán a ponerse de acuerdo para afrontar los avatares de la próxima campaña. Que la suerte guíe sus destinos y la luz su inteligencia.

Comments are closed